La resurrección es la verdad central de nuestra fe en
Cristo. Así es como ha sido creída,
vivida y transmitida por la Iglesia desde los tiempos apostólicos. Si Cristo no
hubiera resucitado, vana, vacía, sin
sustancia y carente de realidad sería nuestra fe.
La resurrección de Cristo no es un mito, un delirio, una
fantasía, una experiencia mística o un
producto de la credulidad de los discípulos o de las santas mujeres. Es un
suceso real, histórico y, al mismo tiempo, trascendente.
Trascendente porque se sitúa más allá de la
historia y de los parámetros espacio-temporales, supera nuestros límites y nuestro entendimiento natural,
permaneciendo en el Misterio. Cristo entra en una nueva vida, un género de
existencia distinto, en la dimensión del Dios vivo. Pero es la resurrección
también un acontecimiento que deja sus huellas o señales en la historia. El
Nuevo Testamento atestigua tres
manifestaciones históricamente comprobables de la resurrección de nuestro
Señor: la tumba vacía, las apariciones del Resucitado y el cambio radical en el
comportamiento de los discípulos. Veamos cada una de ellas.
El sepulcro vacío:
La realidad de la tumba vacía no es de por sí una prueba
directa de la resurrección, la ausencia del cuerpo del Crucificado puede
explicarse por otras causas (el robo del cadáver, por ejemplo), pero sí es un
elemento necesario, un signo fundamental para el reconocimiento de la resurrección,
puesto que ésta se refiere al cuerpo esencialmente: es la carne, la realidad
corpórea de la persona, la que resucita.
“Creo en la resurrección de la carne”, recitamos en el Credo.
Hay algo más, la permanencia del cadáver de Jesús en el sepulcro hubiese hecho
imposible la predicación pública de la resurrección por parte de los discípulos
en la Jerusalén de entonces. Parece un hecho, pues, que el cuerpo de Jesús no
se encontraba en el lugar donde fue depositado tras su muerte en la cruz,
conforme al testimonio de los autores sagrados.
Las apariciones del
Resucitado:
Las primeras en encontrarse con el Resucitado fueron las
mujeres, con María Magdalena a la cabeza. Este dato no deja de sorprender porque
el testimonio de la mujer en la sociedad judía de aquella época carecía de
valor frente al del hombre. De hecho, los mismos apóstoles, en un primer momento, se toman las afirmaciones de María sobre su encuentro con el Maestro como
“desatinos” que no merecían ningún crédito. Muchos estudiosos de la Escritura
utilizan este inaudito primer protagonismo de las féminas en las apariciones como
un argumento para sostener la autenticidad y veracidad de los relatos
evangélicos. ¿A quién se le habría ocurrido poner en aquel contexto religioso y cultural a unas
mujeres como los primeros testigos, ya
no de una cuestión menor, sino de la
mismísima verdad fundamental del cristianismo de no haber sucedido las cosas precisamente
así?
De esta manera, las mujeres anunciaron a los apóstoles la
resurrección -María Magdalena ha recibido por esto el título de “apóstol de los apóstoles”- para,
poco después, manifestarse a ellos también Jesús; primero a Simón Pedro y luego a los Doce. Los
apóstoles son las piedras que fundamentan la Iglesia, pero no fueron los únicos
que vieron al Resucitado. En el capítulo
quince de la primera carta a los
corintios, Pablo hace referencia –además
de a los Doce, a Santiago, el hermano del Señor, y a sí mismo- a más de quinientas
personas a las que se les apareció el
Señor de una vez. Es una cantidad significativa si tenemos en cuenta que, según
reputados estudios demográficos y
sociológicos, los cristianos no sumarían mucho más de ocho mil individuos
en todo el mundo unas décadas después de la muerte de Pablo, a finales del
siglo I de nuestra era. La mayoría “de los más de quinientos hermanos”, informa
el apóstol de los gentiles, vivía todavía cuando fue escrita la epístola.
El cambio en el
comportamiento de los apóstoles.
La sacudida provocada por la pasión y muerte de Jesús había
dejado a los apóstoles en una situación de absoluto abatimiento, gran postración y un más que justificado temor a los
adversarios. Todo parecía haber terminado en un rotundo fracaso. Pero he aquí
que el acontecimiento pascual, la experiencia del Resucitado, operó un cambio
radical en la vida y la actitud de estos hombres. El reconocimiento de la
divinidad de Jesús resucitado fue una experiencia transformadora. Desde ese
momento, los discípulos abandonaron su miedo y su silencio, abrieron las
puertas de par en par y se lanzaron a proclamar a los cuatro vientos con
entusiasmo y audacia que Jesús, a quien habían matado colgándole de un madero,
estaba vivo y era el Señor.
La resurrección de Jesús trasciende la historia, la
desborda, pero a la vez es un acontecimiento en la historia, un encuentro con
una persona viva y real. El Nuevo Catecismo enseña rotundamente que las manifestaciones del Resucitado no responden a experiencias místicas, ni son
contactos con un espíritu o un fantasma salido momentáneamente del mundo de los
muertos. Así, en el número 643 leemos: “es imposible interpretar la
resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho
histórico”. Y en el 644 que “la fe en la resurrección nació –bajo la acción de
la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado”.
