martes, 25 de abril de 2017

La Resurrección, ¿Un hecho histórico?


La resurrección es la verdad central de nuestra fe en Cristo.  Así es como ha sido creída, vivida y transmitida por la Iglesia desde los tiempos apostólicos. Si Cristo no hubiera resucitado, vana,  vacía, sin sustancia y carente de realidad sería nuestra fe.

La resurrección de Cristo no es un mito, un delirio, una fantasía, una  experiencia mística o un producto de la credulidad de los discípulos o de las santas mujeres. Es un suceso real, histórico y, al mismo tiempo,  trascendente.  Trascendente porque se sitúa más allá de la historia y de los parámetros espacio-temporales, supera nuestros límites y nuestro entendimiento natural, permaneciendo en el Misterio. Cristo entra en una nueva vida, un género de existencia distinto, en la dimensión del Dios vivo. Pero es la resurrección también un acontecimiento que deja sus huellas o señales en la historia. El Nuevo Testamento  atestigua tres manifestaciones históricamente comprobables de la resurrección de nuestro Señor: la tumba vacía, las apariciones del Resucitado y el cambio radical en el comportamiento de los discípulos. Veamos cada una de ellas.

El sepulcro vacío:

La realidad de la tumba vacía no es de por sí una prueba directa de la resurrección, la ausencia del cuerpo del Crucificado puede explicarse por otras causas (el robo del cadáver, por ejemplo), pero sí es un elemento necesario, un signo fundamental para el reconocimiento de la resurrección, puesto que ésta se refiere al cuerpo esencialmente: es la carne, la realidad corpórea de la persona,  la que resucita. “Creo en la resurrección de la carne”, recitamos en el Credo. 

Hay algo más, la permanencia del  cadáver de Jesús en el sepulcro hubiese hecho imposible la predicación pública de la resurrección por parte de los discípulos en la Jerusalén de entonces. Parece un hecho, pues, que el cuerpo de Jesús no se encontraba en el lugar donde fue depositado tras su muerte en la cruz, conforme al testimonio de los autores sagrados.

Las apariciones del Resucitado:

Las primeras en encontrarse con el Resucitado fueron las mujeres, con María Magdalena a la cabeza. Este dato no deja de sorprender porque el testimonio de la mujer en la sociedad judía de aquella época carecía de valor frente al del hombre. De hecho, los mismos apóstoles, en un primer momento, se toman las afirmaciones de María sobre su encuentro con el Maestro como “desatinos” que no merecían ningún crédito. Muchos estudiosos de la Escritura utilizan este inaudito primer protagonismo de las féminas en las apariciones como un argumento para sostener la autenticidad y veracidad de los relatos evangélicos. ¿A quién se le habría ocurrido poner en aquel contexto religioso y cultural a unas mujeres como los primeros testigos,  ya no de una cuestión menor, sino  de la mismísima verdad fundamental del cristianismo de no haber sucedido las cosas precisamente así?

De esta manera, las mujeres anunciaron a los apóstoles la resurrección -María Magdalena ha recibido por esto  el título de “apóstol de los apóstoles”- para, poco después, manifestarse a ellos también Jesús;  primero a Simón Pedro y luego a los Doce. Los apóstoles son las piedras que fundamentan la Iglesia, pero no fueron los únicos que vieron  al Resucitado. En el capítulo quince de  la primera carta a los corintios, Pablo hace referencia  –además de a los Doce, a Santiago, el hermano del Señor, y a sí mismo- a más de quinientas personas  a las que se les apareció el Señor de una vez. Es una cantidad significativa si tenemos en cuenta que, según reputados estudios demográficos y  sociológicos, los cristianos no sumarían mucho más de ocho mil individuos en todo el mundo unas décadas después de la muerte de Pablo, a finales del siglo I de nuestra era. La mayoría “de los más de quinientos hermanos”, informa el apóstol de los gentiles, vivía  todavía cuando fue escrita la epístola.

El cambio en el comportamiento de los apóstoles.

La sacudida provocada por la pasión y muerte de Jesús había dejado a los apóstoles en una situación de absoluto abatimiento, gran postración  y un más que justificado temor a los adversarios. Todo parecía haber  terminado en un rotundo fracaso. Pero he aquí que el acontecimiento pascual, la experiencia del Resucitado, operó un cambio radical en la vida y la actitud de estos hombres. El reconocimiento de la divinidad de Jesús resucitado fue una experiencia transformadora. Desde ese momento, los discípulos abandonaron su miedo y su silencio, abrieron las puertas de par en par y se lanzaron a proclamar a los cuatro vientos con entusiasmo y audacia que Jesús, a quien habían matado colgándole de un madero, estaba vivo y era el Señor.


La resurrección de Jesús trasciende la historia, la desborda, pero a la vez es un acontecimiento en la historia, un encuentro con una persona viva y real. El Nuevo Catecismo enseña rotundamente que las manifestaciones del Resucitado no responden a experiencias místicas, ni son contactos con un espíritu o un fantasma salido momentáneamente del mundo de los muertos. Así, en el número 643 leemos: “es imposible interpretar la resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico”. Y en el 644 que “la fe en la resurrección nació –bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado”.