jueves, 13 de junio de 2013

VEINTIÚN SIGLOS NOS CONTEMPLAN


El fenómeno de la secularización de la sociedad europea conduce a no pocos a pensar en un próximo y definitivo ocaso del cristianismo en Occidente. Pues bien, ya desde sus orígenes fueron muchos los que  pronosticaron el final inminente del cristianismo, viéndolo como un movimiento caduco, una superstición oriental más que pasaría pronto de moda, una fiebre transitoria de cuatro desharrapados impíos.
Por descontado los vaticinios no se cumplirán. Como en tiempos pasados, volverán a equivocarse los agoreros. Y, aunque muchos cristianos así lo crean, y por muy mal que pinten la cosas en apariencia, tampoco es la actual la peor época que ha atravesado la Iglesia a lo largo de sus dos mil años de historia. Cualquier tiempo pasado no  fue necesariamente mejor. En todo su largo recorrido la Iglesia ha sido violentamente zarandeada por toda clase de tribulaciones, ataques y crisis: sangrientas persecuciones,  herejías, cismas, guerras, campañas de desprestigio. El Enemigo percutió una y otra vez sobre la fragilidad del elemento humano. Ahí es donde siempre golpea con fuerza. Donde puede hacer mella. La peor amenaza, el mayor daño, nos recordaba hace poco el Papa emérito, es el causado por el pecado de los de dentro.  Y, efectivamente, los bautizados incurrimos en infidelidades de todos los colores. Pueden recordarse  los infames pontificados de una larga nómina de pastores indignos, la intolerancia hacia el disidente, las alianzas antinaturales con los poderes terrenales, los aberrantes abusos sobre los más pequeños, el recurrente olvido del evangelio, el descuido de la apremiante misión de la Iglesia en el mundo. 

Y, sin embargo, no fue destruida, ni desde fuera, ni desde dentro. La supervivencia de la Iglesia es un gran milagro, un hecho racionalmente inexplicable que apunta a la intervención de la Providencia: reconduciéndola, guiándola, enderezándola o levantándola tras cada caída. Su resistencia al mal es cosa prodigiosa. Su pervivencia, en fin, una prueba -para quien quiera ver- de la asistencia divina a su descarriado rebaño. Si no fuera por el Espíritu Santo que habita y permanece en ella, los hombres ya la hubiésemos arruinado hace tiempo, corriendo una suerte pareja a otras instituciones, religiones, civilizaciones, ya desaparecidas.  Pero este Espíritu la vivifica y la santifica, haciéndola grata a los ojos de su fundador. También ahora, la sangre de los mártires riega la tierra y hace germinar semillas de nuevos cristianos en Nigeria o en Pakistán; la ejemplaridad de los santos compensa con creces mi nulidad y la mezquindad de demasiados cristianos; a los abusos y el deseo de poseer se contrapone la renuncia de sí mismos y la entrega cotidiana de un ejército de laicos, misioneros, religiosos y sacerdotes fieles; al ruido de los escándalos, el elocuente testimonio de una vida cristiana coherente; a los ataques furiosos, la silenciosa oración por los enemigos; a la apostasía, la conversión. El daño recibido la ha fortalecido, el pecado la ha hecho más humilde, de rodillas ha pedido perdón y ha obtenido misericordia; sus errores han acrecentado su sabiduría, haciéndola cada vez más celeste y menos mundana, más desprendida, con menos lastre.  Es cierto, la barca de Pedro ha sido sacudida con fuerza inusitada por las frecuentes embestidas de las olas en el borrascoso mar de la historia. Muy cerca estuvo de naufragar en más de una  ocasión, pero nunca sucumbió a las encrespadas aguas. No se hundió, ni se hundirá en el futuro, porque en medio de la barca hay Uno que domeña el piélago y la tormenta y señorea el tiempo y los acontecimientos hasta el último día. El mismo de cuya presencia nada quieren saber los adivinos de hogaño.

viernes, 7 de junio de 2013

UN SIGLO APOCALÍPTICO


El estupor me embarga cuando me acerco a la historia del siglo XX, sobre todo a la de su primera mitad. Me pasa siempre. Los ecos del Apocalípsis resuenan en los terribles acontecimientos que sacudieron al mundo de los hombres durante aquellos años. Por muchos libros que uno lea, por muchas y eruditas explicaciones que aporten los historiadores, por más documentadas que estén y por muy acertados que sean sus análisis sobre las causas de los hechos y sus repercusiones, uno no termina de atar todos los cabos. Quedan muchos hilos sueltos e inquietantes interrogantes en el aire. Hay algo o alguien más, algo o alguien misterioso y maligno actuando entre bambalinas: tras el escenario de la tiranía y la guerra, tras los campos de exterminio, el Gulag, los bombardeos masivos e indiscriminados sobre Dresde, Stalingrado, Guernica…
 Más allá del negro sobre blanco, del instante congelado de las fotografías, de la débil voz de los últimos testigos, está la sombra de un oscuro terror, el hedor de la corrupción del espíritu caído, el rastro de azufre del demonio, su rúbrica, su autoría. Una carcajada diabólica detrás del estruendo de las bombas, del espeluznante grito de las víctimas, en Alemania, en Polonia, en Rusia, en todas partes. La embaucadora arenga luciferina saliendo de la boca de Hitler,  seduciendo a los hombres, subyugándolos, despertando, con la misma mentira de siempre, su codicia, su soberbia. Las banderas y los pendones del Señor del Hades ondeando en las reuniones nazis de Nüremberg y en los alardes soviéticos frente a los muros del Kremlin. El fuego infernal consumiendo hasta los tuétanos las ciudades de Hiroshima y Nagasaki y, a miríadas, los cadáveres apilados en los hornos de Auschwitz de los hijos e hijas de un pueblo señalado con el signo del sacrificio. Hay una repugnante serpiente reptando entre los cráteres del paisaje lunar de Verdún, un abyecto insecto infectando con el desove de su mortífera descendencia  las cicatrices de las trincheras, la raída indumentaria de los soldados, las petulantes insignias de los oficiales. El diabólico gusano come y tritura la carne muerta de dos hermanos que se han acuchillado con sus bayonetas en España, sin hartarse nunca. La monstruosa oruga hinchada defeca su inmundicia por todas partes, convirtiendo el suelo bajo el cielo en el estercolero del Averno. La ponzoña del infierno anega la tierra, como una metástasis se extiende por el orbe y lo consume, y los cuervos, ahítos de sangre, sobrevuelan la desolación después del  festín.

La gran ofensiva no la lanzaron Hitler o Stalin. Fue Satanás, el Príncipe del Mundo, quien, abandonando todo disimulo y toda sutileza, reclamó su parte, ascendió de las profundidades como la lava del volcán y descargó, en una erupción de rabia, toda su ira sobre aquella generación, como nunca antes en el titánico combate entre el Dragón apocalíptico y la Luz. Los dirigentes de las naciones fueron cómplices e instrumentos. Los pueblos, inmensos rebaños llevados al matadero. Su flamígero látigo chasqueó por encima de las cabezas de los hombres y tronaron los cañones en la tierra y zumbaron los aviones preñados de bombas en los cielos. La tormenta se desató, un granizo de fuego y acero diezmó a la humanidad y un viento venenoso mató en cantidades industriales. La tierra fue el infierno y los hombres, fustigados por el antagonista de Dios, licántropos devorándose unos a otros. El siglo XX, un siglo apocalíptico.

jueves, 6 de junio de 2013

¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?


No ha existido en la dilatada historia de la humanidad -al menos en la historia de Occidente- una figura tan influyente como la de Jesús de Nazaret. Quien lo niegue no conoce el mundo donde vive. Y eso que aquel galileo itinerante y montaraz no fue, ni de lejos, un invicto caudillo como Alejandro el Grande o Julio César, aunque sus seguidores le dieron el título de “Kyrios” (“Señor”); no gobernó un vasto imperio, ni siquiera una ciudad, aunque entrase a lomos de un pollino en Jerusalén, presentándose como el humilde rey que Israel esperaba; no acabó de una vez por todas con los males del mundo, aunque emanaba de Él una fuerza recreadora capaz de devolver el paraíso a las personas que creían en Él; no fue un sabio de la Hélade como Platón o Aristóteles, aunque las gentes -incluidos sus adversarios- se dirigiesen a él con el tratamiento de “Maestro”; no elaboró una nueva filosofía, sino que -según él mismo decía- se limitó a vocear aquello que escuchó del Padre desde la eternidad; no dejó nada escrito, pero sus palabras y sus actos nunca cayeron en el olvido; no lideró ninguna revolución contra el orden establecido, pero era capaz de cambiar el corazón de los hombres con solo una mirada; no tenía dinero, ni propiedades, pero pudo saciar el hambre de miles de personas y, para siempre, la sed de una insatisfecha mujer de Samaria. No se movió en las altas esferas, ni trató con los poderosos de su tiempo, prefirió la compañía de los pequeños y se sentó a la mesa junto a pecadores y prostitutas.
Sí, se decía de Él, empero, que realizaba obras prodigiosas, milagrosas curaciones y exorcismos y que era portador de un feliz anuncio: la restauración de la soberanía de Dios sobre Israel y sobre el mundo. Su predicación fue pregonar la cercanía del Reino de Dios y la feliz liberación del hombre de las ataduras de Satanás y muchos lo comparaban con los grandes profetas de antaño. Enseñaba con gran autoridad y se atrevía a perdonar los pecados, algo que era motivo de mucho escándalo porque para los judíos sólo Dios podía perdonar los pecados. Para las autoridades era una creciente amenaza, para la mayoría de sabios y doctores de la Ley un falso profeta, un impostor confabulado con Satanás, un servidor del Padre de la Mentira.  Algunos, lo más abiertos de mollera, llegaban a preguntarse en su fuero interno si aquel hombre no sería de hecho el Mesías esperado…
Pero aquella vaga esperanza se desmoronó como castillo de naipes, cual casa sin cimientos sólidos ante el furibundo empuje de las aguas torrenciales. Porque este tal Jesús acabó sus días sobre la tierra colgando inerte de una cruz romana. La cruz: el terrible castigo reservado a los criminales de la peor calaña, a los homicidas, a los traidores, a los culpables de lesa majestad. Sus amigos lo habían abandonado en el último momento. Uno de ellos incluso lo traicionó. Hasta Pedro, el elegido para ser la roca, el sólido fundamento donde debía sustentarse la incipiente comunidad de discípulos, había negado conocerle. Su propio pueblo, encabezado por los sumos sacerdotes y los demás miembros del Senado judío, lo declaró culpable tras un juicio sumarísimo y lo entregó a la autoridad romana para que ejecutara la sentencia. “Crucifícale” fue el grito unánime del  populacho congregado frente al estrado de Pilatos. El  procurador romano se lavó las manos y condenó a Jesús a morir en la cruz ante el temor a una enésima rebelión judía. Jesús fue vejado y golpeado con saña. Separado del resto fue conducido al patíbulo, como un despojo fue desechado, como una bestia salvaje, maltratado, como un gusano, aplastado y destruido. Y allí, ante las murallas de Jerusalén, derramando hasta la última gota de su sangre, apurando el cáliz hasta las heces, expiró. El presunto rey de los judíos había sido eliminado y sus seguidores dispersos. Otro falso Mesías descendía a las profundidades del Seol. Con prisas, el cadáver del galileo fue descolgado de la cruz, envuelto en un lienzo y depositado en un sepulcro nuevo cercano al lugar de la crucifixión.  Era la víspera de la fiesta de la Pascua y en el templo los sacerdotes sacrificaban los corderos…

Todo habría terminado en este punto si la tumba del galileo no hubiese aparecido vacía apenas tres días después de su ejecución. Todo habría terminado aquí si los discípulos del galileo no hubiesen comenzado a proclamar a los cuatro vientos que el crucificado había resucitado. Sin duda, el hallazgo del cuerpo habría finiquitado la cuestión. Si sus seguidores habían profanado la tumba y escondido el cadáver, bastaría con la tortura para que alguno de aquellos cobardes confesara aterrorizado el paradero del cuerpo. Pero esos hombres habían cambiado, cada día más intrépidos, más audaces. Ni rastro del miedo cerval de las aciagas horas del proceso y la ejecución. Poniendo en juego su vida, sin temor a la cólera de Dios y menos aún a la de los hombres, pregonaban en las plazas a judíos y extranjeros que Jesús vivía y no había que buscarlo entre los muertos; que la piedra que habían desechado los arquitectos era ahora la piedra angular; que aquel mismo Jesús a quien los dirigentes del pueblo asesinaron, emulando a los viñadores homicidas de la parábola, había sido, frente a la exclusión y la negación de los hombres, resucitado y ratificado por Dios como el que tenía que venir...