El estupor me embarga cuando me acerco a la historia del
siglo XX, sobre todo a la de su primera mitad. Me pasa siempre. Los ecos del Apocalípsis
resuenan en los terribles acontecimientos que sacudieron al mundo de los
hombres durante aquellos años. Por muchos libros que uno lea, por muchas y
eruditas explicaciones que aporten los historiadores, por más documentadas que
estén y por muy acertados que sean sus análisis sobre las causas de los hechos
y sus repercusiones, uno no termina de atar todos los cabos. Quedan muchos
hilos sueltos e inquietantes interrogantes en el aire. Hay algo o alguien más,
algo o alguien misterioso y maligno actuando entre bambalinas: tras el
escenario de la tiranía y la guerra, tras los campos de exterminio, el Gulag,
los bombardeos masivos e indiscriminados sobre Dresde, Stalingrado, Guernica…
Más allá del negro
sobre blanco, del instante congelado de las fotografías, de la débil voz de los
últimos testigos, está la sombra de un oscuro terror, el hedor de la corrupción
del espíritu caído, el rastro de azufre del demonio, su rúbrica, su autoría. Una
carcajada diabólica detrás del estruendo de las bombas, del espeluznante grito de
las víctimas, en Alemania, en Polonia, en Rusia, en todas partes. La
embaucadora arenga luciferina saliendo de la boca de Hitler, seduciendo a los hombres, subyugándolos,
despertando, con la misma mentira de siempre, su codicia, su soberbia. Las banderas
y los pendones del Señor del Hades ondeando en las reuniones nazis de Nüremberg
y en los alardes soviéticos frente a los muros del Kremlin. El fuego infernal
consumiendo hasta los tuétanos las ciudades de Hiroshima y Nagasaki y, a
miríadas, los cadáveres apilados en los hornos de Auschwitz de los hijos e hijas de un
pueblo señalado con el signo del sacrificio. Hay una repugnante serpiente
reptando entre los cráteres del paisaje lunar de Verdún, un abyecto insecto
infectando con el desove de su mortífera descendencia las cicatrices de las trincheras, la raída
indumentaria de los soldados, las petulantes insignias de los oficiales. El
diabólico gusano come y tritura la carne muerta de dos hermanos que se han
acuchillado con sus bayonetas en España, sin hartarse nunca. La monstruosa
oruga hinchada defeca su inmundicia por todas partes, convirtiendo el suelo
bajo el cielo en el estercolero del Averno. La ponzoña del infierno anega la
tierra, como una metástasis se extiende por el orbe y lo consume, y los cuervos,
ahítos de sangre, sobrevuelan la desolación después del festín.
La gran ofensiva no la lanzaron Hitler o Stalin. Fue
Satanás, el Príncipe del Mundo, quien, abandonando todo disimulo y toda
sutileza, reclamó su parte, ascendió de las profundidades como la
lava del volcán y descargó, en una erupción de rabia, toda su ira sobre aquella
generación, como nunca antes en el titánico combate entre el Dragón
apocalíptico y la Luz. Los dirigentes de las naciones fueron cómplices e
instrumentos. Los pueblos, inmensos rebaños llevados al matadero. Su flamígero látigo
chasqueó por encima de las cabezas de los hombres y tronaron los cañones en la
tierra y zumbaron los aviones preñados de bombas en los cielos. La tormenta se
desató, un granizo de fuego y acero diezmó a la humanidad y un viento venenoso mató
en cantidades industriales. La tierra fue el infierno y los hombres, fustigados
por el antagonista de Dios, licántropos devorándose unos a otros. El siglo XX, un siglo apocalíptico.

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