El fenómeno de la secularización de la sociedad europea conduce a no pocos a pensar en un próximo y definitivo ocaso del cristianismo en Occidente. Pues bien, ya desde sus orígenes fueron muchos los que pronosticaron el final inminente del cristianismo, viéndolo como un movimiento caduco, una superstición oriental más que pasaría pronto de moda, una fiebre transitoria de cuatro desharrapados impíos.
Por descontado los vaticinios no se cumplirán. Como en tiempos pasados, volverán a equivocarse los agoreros. Y, aunque muchos cristianos así lo crean, y por muy mal que pinten la cosas en apariencia, tampoco es la actual la peor época que ha atravesado la Iglesia a lo largo de sus dos mil años de historia. Cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. En todo su largo recorrido la Iglesia ha sido violentamente zarandeada por toda clase de tribulaciones, ataques y crisis: sangrientas persecuciones, herejías, cismas, guerras, campañas de desprestigio. El Enemigo percutió una y otra vez sobre la fragilidad del elemento humano. Ahí es donde siempre golpea con fuerza. Donde puede hacer mella. La peor amenaza, el mayor daño, nos recordaba hace poco el Papa emérito, es el causado por el pecado de los de dentro. Y, efectivamente, los bautizados incurrimos en infidelidades de todos los colores. Pueden recordarse los infames pontificados de una larga nómina de pastores indignos, la intolerancia hacia el disidente, las alianzas antinaturales con los poderes terrenales, los aberrantes abusos sobre los más pequeños, el recurrente olvido del evangelio, el descuido de la apremiante misión de la Iglesia en el mundo.
Y, sin embargo, no fue destruida, ni desde fuera, ni desde dentro. La supervivencia de la Iglesia es un gran milagro, un hecho racionalmente inexplicable que apunta a la intervención de la Providencia: reconduciéndola,
guiándola, enderezándola o levantándola tras cada caída. Su resistencia al mal es
cosa prodigiosa. Su pervivencia, en fin, una prueba -para quien quiera ver- de la
asistencia divina a su descarriado rebaño. Si no fuera por el Espíritu Santo
que habita y permanece en ella, los hombres ya la hubiésemos arruinado hace
tiempo, corriendo una suerte pareja a otras instituciones, religiones, civilizaciones, ya desaparecidas.
Pero este Espíritu la vivifica y la santifica, haciéndola grata a los ojos de su fundador. También
ahora, la sangre de los mártires riega la tierra y hace germinar semillas de
nuevos cristianos en Nigeria o en Pakistán; la ejemplaridad de los santos
compensa con creces mi nulidad y la mezquindad de demasiados cristianos; a los abusos y el
deseo de poseer se contrapone la renuncia de sí mismos y la entrega cotidiana de un ejército de laicos, misioneros, religiosos y sacerdotes fieles; al ruido de los
escándalos, el elocuente testimonio de una vida cristiana coherente; a los
ataques furiosos, la silenciosa oración por los enemigos; a la apostasía, la
conversión. El daño recibido la ha fortalecido, el pecado la ha hecho más
humilde, de rodillas ha pedido perdón y ha obtenido misericordia; sus errores han acrecentado su sabiduría,
haciéndola cada vez más celeste y menos mundana, más desprendida, con menos
lastre. Es cierto, la barca de Pedro ha
sido sacudida con fuerza inusitada por las frecuentes embestidas de las olas en el borrascoso mar de la historia. Muy cerca estuvo de naufragar en más de una ocasión, pero nunca
sucumbió a las encrespadas aguas. No se hundió, ni se hundirá en el futuro,
porque en medio de la barca hay Uno que domeña el piélago y la tormenta y
señorea el tiempo y los acontecimientos hasta el último día. El mismo de cuya
presencia nada quieren saber los adivinos de hogaño.

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