sábado, 4 de octubre de 2014

APLASTAD A LA INFAME

La mayoría de nuestros contemporáneos piensa que la Iglesia debería plegarse a la mentalidad dominante, dejarse arrastrar por los "vientos de doctrina" que hoy soplan, mecerse a la deriva de las modas.  Si así fuera, si "la Infame" ("cariñoso" apodo dado a la Esposa de Cristo por alguien tan "amistoso" como Voltaire) se sometiera, si se rindiera al dictado de la ideología triunfante, todo cambiaría. Que duda cabe que la reputación de la Iglesia mejoraría: sería más afín al pensar y al sentir de la mayoría, más democrática, más simpática, más cercana y, sobre todo, menos molesta e insidiosa. Pero ya solamente sería la hermosa fachada de un edificio abandonado y amenazando ruina. Nada más. Y, así, nadie presentaría ya la alternativa existencial y cada vez más escandalosa del Evangelio, la denuncia profética frente a la infidelidad del hombre, el señorío de Dios y su designio amoroso para la humanidad... La minoría gobernante, que desde las sombras maneja a su antojo a la masa, acabaría por fin con el último reducto de resistencia a sus planes demoníacos de dominio sin límites sobre los seres humanos y sus vidas.

Desde la Ilustración, "la Infame" siempre ha sido la enemiga a batir y sus adversarios no van a parar hasta conseguirlo. Los católicos debemos tomar conciencia: estamos en guerra, una guerra que fue declarada hace mucho tiempo y no ha cesado desde entonces, alternándose episodios de mayor virulencia con períodos más tranquilos. Los hijos de la Iglesia somos soldados y hemos de luchar el mismo combate y con las mismas armas que Cristo y los santos. No somos de este mundo. Hoy las hostilidades se han reanudado, quizá estemos librando la ultima de las batallas. Pero, como a un reino menguante y asediado, antes de exterminarnos quieren cobrarnos el tributo.

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