Para mi padre, que murió clavado en la cruz de una larga y tremenda enfermedad, para que su alma goce ya en el cielo de aquello que anheló en la tierra: la felicidad de los hijos de Dios, conquistada por el Hijo en la memorable victoria de los Tres Días Santos.
En el Credo que recitamos durante la Misa confesamos con
toda la Iglesia que Jesucristo, el Hijo de Dios, fue sepultado después de su
muerte en la cruz y que descendió a los infiernos antes de su Resurrección[1].
La sepultura y el descenso al inframundo son dos misterios simultáneos -referidos
al estado de Cristo realmente muerto- y de
transición entre la muerte del
Viernes Santo y la gloria
del Domingo. Son el contenido del Sábado Santo, al que lamentablemente muchos
católicos han dejado de prestar la atención debida. Puede ayudar a remediar este descuido, si quiera
modestamente, ofrecer en las líneas siguientes una breve
explicación, apoyada en la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, de su
significado y alcance.
FUE SEPULTADO.
Los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) y
también el de Juan, con pequeños matices y apenas diferencias entre ellos,
narran la sepultura del cuerpo de Jesús llevada a cabo por iniciativa de José
de Arimatea -un rico dirigente judío y simpatizante secreto del nazareno - en una tumba nueva de su propiedad durante la
víspera del Sabbat, el día sagrado de los judíos, coincidente aquel año, como
nos informa el cuarto evangelio, con la gran fiesta de la Pascua. Por este
motivo y para evitar contraer impureza, el cadáver de Jesús es amortajado a toda prisa
y depositado en el sepulcro antes del anochecer. Los hombres colocan la piedra que sella la
tumba y junto a las mujeres que seguían
el sepelio retornan a la ciudad. Ellas volverán después de la fiesta para embalsamar
el cadáver del Maestro según las costumbres funerarias judías.
El cuerpo de Jesús reposa en el lecho de piedra. Cristo
depositado en la tumba al comienzo del sábado manifiesta, en primer lugar, el
descanso sabático de Dios después de realizar la obra de la salvación de los
hombres en el patíbulo de la cruz. Este descanso recuerda al primer descanso
después de la Creación. Ahora, Dios reposa tras haberse restaurado lo que el pecado del hombre había malogrado,
la amistad y la armonía del paraíso.
En segundo lugar, Jesús está real y verdaderamente muerto,
ha gustado la muerte, esto es, sabe ”cómo está” la muerte y qué es morir. El
estado de muerte es ante todo la separación del cuerpo y del alma. En Cristo, que ha muerto en la cruz y
permanece muerto en la cavidad de la roca hasta el glorioso amanecer del tercer día, se da también esta separación.
Dios dispuso que su Hijo conociera, así lo enseña el Catecismo de la Iglesia
Católica, “el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo
comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que
resucitó” (CEC, 624). En la muerte de cualquier ser humano el alma inmortal se separa del cuerpo mortal.
El cadáver desvinculado ya de su principio vital que es el alma comenzará a “des-hacerse”,
como se arruina una casa deshabitada, volviendo al humus del que procede. Sin
embargo, en el caso único de Cristo su cuerpo permanece unido a la persona del
Hijo y no se convierte en un despojo mortal como ocurre con los demás hombres.
Siguiendo a santo Tomás de Aquino, afirmamos que la virtud (fuerza, poder) divina
de la persona del Hijo preservó al cuerpo de Cristo de la descomposición, cumpliéndose
así las palabras del salmo: “no permitirás que tu Santo experimente la
corrupción”.
DESCENDIÓ A LOS
INFIERNOS.
“Infierno” es aquí una defectuosa traducción del término
hebreo “seol” (“hades” en griego). El concepto no estaría significando el
estado de los condenados y sí, en cambio, el de todas las almas de los difuntos,
justos o malos. En el seol concurrían los espíritus de todos los muertos,
encontrándose allí privados de la visión de Dios, en un tenue estado de
existencia, más cercano al no ser que al ser. El descenso a los infiernos sería por tanto el
descenso a la morada de los muertos. “Jesús no bajó a los infiernos para
liberar allí a los condenados, ni para destruir el infierno de la condenación,
sino para liberar a los justos que le habían precedido” (CEC, 633). Algunos teólogos,
sin duda, han ido demasiado lejos cuando han pretendido ver en este tema del
descenso la definitiva supresión del estado de condenación.
Los iconos bizantinos representan a Cristo victorioso, aplastando con
los pies las puertas desgoznadas del reino de los muertos. Jesús es pintado
como el nuevo Adán que rescata, tomando de la muñeca, al viejo Adán (caracterizado como un anciano),
y junto al padre de la humanidad a todos los justos del Antiguo Testamento, patriarcas,
reyes, jueces, profetas y quienes esperándole murieron sin conocerle. El diablo, “el Fuerte”, el señor de la muerte,
aparece en la parte inferior de la escena atado de pies y manos, arrojado al abismo, vencido
por el Salvador, “el Más Fuerte”, el Señor de la Vida, quedando esparcidas alrededor
del Enemigo derrotado las llaves extraviadas,
los candados reventados y las cadenas rotas de la última prisión. La teología
oriental ha contemplado este misterio del descenso a los infiernos como un misterio de gloria: la resurrección –Anástasis-
acontece desde el reino de los muertos. Así es también para los católicos. El
misterio de la glorificación del alma de Cristo triunfando sobre la muerte
precede a la resurrección.
Si antes, al tratar de la sepultura, nos hemos fijado en el
cuerpo inmaculado de Jesús, ahora centraremos nuestra atención en su alma glorificada. El
alma de Cristo se reúne con quienes habían muerto antes que Él para anunciarles
también a ellos la Buena Nueva y liberar a los espíritus retenidos de los
justos de las ataduras de la muerte. “Hasta a los muertos ha sido anunciada la
Buena Nueva”, leemos en 1 P 4,6. Aquí
tenemos el alcance salvífico de este misterio: lo que ha ocurrido en la
actividad mesiánica de Jesús durante su vida
terrena tiene su prolongación en la
morada de los muertos. Si la predicación
de Jesús a los vivos exorcizaba
(liberaba del diablo) y sacaba a la luz a los que habitaban en la oscuridad,
esto mismo es lo que va a acontecer en el Seol con los que permanecían “en tinieblas
y en sombras de muerte”, prisioneros del demonio. De esta manera el anuncio de la salvación
tiene un carácter universal, alcanza a todos los hombres, vivos y muertos, y se extiende a todos los tiempos.
Este misterio del rescate de los justos del Seol que acontece simultáneamente al reposo del
divino cuerpo en la tumba, nos ayuda a comprender que en su silencio Dios
también habla y actúa. Parecen describir el vacío de Dios característico de nuestra atribulada época estas palabras de la antigua homilía del
Sábado Santo: “Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una
gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme”. Pero, en esta aparente pasividad o ausencia
divinas, Dios sigue obrando y atrayendo a los hombres hacia Sí, nunca descansa,
nunca duerme, no deja de buscar a la
oveja perdida, no ceja en su empeño de sanar al enfermo, porque no nos ha
creado para la muerte sino para la vida junto a Él.
