jueves, 13 de junio de 2013

VEINTIÚN SIGLOS NOS CONTEMPLAN


El fenómeno de la secularización de la sociedad europea conduce a no pocos a pensar en un próximo y definitivo ocaso del cristianismo en Occidente. Pues bien, ya desde sus orígenes fueron muchos los que  pronosticaron el final inminente del cristianismo, viéndolo como un movimiento caduco, una superstición oriental más que pasaría pronto de moda, una fiebre transitoria de cuatro desharrapados impíos.
Por descontado los vaticinios no se cumplirán. Como en tiempos pasados, volverán a equivocarse los agoreros. Y, aunque muchos cristianos así lo crean, y por muy mal que pinten la cosas en apariencia, tampoco es la actual la peor época que ha atravesado la Iglesia a lo largo de sus dos mil años de historia. Cualquier tiempo pasado no  fue necesariamente mejor. En todo su largo recorrido la Iglesia ha sido violentamente zarandeada por toda clase de tribulaciones, ataques y crisis: sangrientas persecuciones,  herejías, cismas, guerras, campañas de desprestigio. El Enemigo percutió una y otra vez sobre la fragilidad del elemento humano. Ahí es donde siempre golpea con fuerza. Donde puede hacer mella. La peor amenaza, el mayor daño, nos recordaba hace poco el Papa emérito, es el causado por el pecado de los de dentro.  Y, efectivamente, los bautizados incurrimos en infidelidades de todos los colores. Pueden recordarse  los infames pontificados de una larga nómina de pastores indignos, la intolerancia hacia el disidente, las alianzas antinaturales con los poderes terrenales, los aberrantes abusos sobre los más pequeños, el recurrente olvido del evangelio, el descuido de la apremiante misión de la Iglesia en el mundo. 

Y, sin embargo, no fue destruida, ni desde fuera, ni desde dentro. La supervivencia de la Iglesia es un gran milagro, un hecho racionalmente inexplicable que apunta a la intervención de la Providencia: reconduciéndola, guiándola, enderezándola o levantándola tras cada caída. Su resistencia al mal es cosa prodigiosa. Su pervivencia, en fin, una prueba -para quien quiera ver- de la asistencia divina a su descarriado rebaño. Si no fuera por el Espíritu Santo que habita y permanece en ella, los hombres ya la hubiésemos arruinado hace tiempo, corriendo una suerte pareja a otras instituciones, religiones, civilizaciones, ya desaparecidas.  Pero este Espíritu la vivifica y la santifica, haciéndola grata a los ojos de su fundador. También ahora, la sangre de los mártires riega la tierra y hace germinar semillas de nuevos cristianos en Nigeria o en Pakistán; la ejemplaridad de los santos compensa con creces mi nulidad y la mezquindad de demasiados cristianos; a los abusos y el deseo de poseer se contrapone la renuncia de sí mismos y la entrega cotidiana de un ejército de laicos, misioneros, religiosos y sacerdotes fieles; al ruido de los escándalos, el elocuente testimonio de una vida cristiana coherente; a los ataques furiosos, la silenciosa oración por los enemigos; a la apostasía, la conversión. El daño recibido la ha fortalecido, el pecado la ha hecho más humilde, de rodillas ha pedido perdón y ha obtenido misericordia; sus errores han acrecentado su sabiduría, haciéndola cada vez más celeste y menos mundana, más desprendida, con menos lastre.  Es cierto, la barca de Pedro ha sido sacudida con fuerza inusitada por las frecuentes embestidas de las olas en el borrascoso mar de la historia. Muy cerca estuvo de naufragar en más de una  ocasión, pero nunca sucumbió a las encrespadas aguas. No se hundió, ni se hundirá en el futuro, porque en medio de la barca hay Uno que domeña el piélago y la tormenta y señorea el tiempo y los acontecimientos hasta el último día. El mismo de cuya presencia nada quieren saber los adivinos de hogaño.

viernes, 7 de junio de 2013

UN SIGLO APOCALÍPTICO


El estupor me embarga cuando me acerco a la historia del siglo XX, sobre todo a la de su primera mitad. Me pasa siempre. Los ecos del Apocalípsis resuenan en los terribles acontecimientos que sacudieron al mundo de los hombres durante aquellos años. Por muchos libros que uno lea, por muchas y eruditas explicaciones que aporten los historiadores, por más documentadas que estén y por muy acertados que sean sus análisis sobre las causas de los hechos y sus repercusiones, uno no termina de atar todos los cabos. Quedan muchos hilos sueltos e inquietantes interrogantes en el aire. Hay algo o alguien más, algo o alguien misterioso y maligno actuando entre bambalinas: tras el escenario de la tiranía y la guerra, tras los campos de exterminio, el Gulag, los bombardeos masivos e indiscriminados sobre Dresde, Stalingrado, Guernica…
 Más allá del negro sobre blanco, del instante congelado de las fotografías, de la débil voz de los últimos testigos, está la sombra de un oscuro terror, el hedor de la corrupción del espíritu caído, el rastro de azufre del demonio, su rúbrica, su autoría. Una carcajada diabólica detrás del estruendo de las bombas, del espeluznante grito de las víctimas, en Alemania, en Polonia, en Rusia, en todas partes. La embaucadora arenga luciferina saliendo de la boca de Hitler,  seduciendo a los hombres, subyugándolos, despertando, con la misma mentira de siempre, su codicia, su soberbia. Las banderas y los pendones del Señor del Hades ondeando en las reuniones nazis de Nüremberg y en los alardes soviéticos frente a los muros del Kremlin. El fuego infernal consumiendo hasta los tuétanos las ciudades de Hiroshima y Nagasaki y, a miríadas, los cadáveres apilados en los hornos de Auschwitz de los hijos e hijas de un pueblo señalado con el signo del sacrificio. Hay una repugnante serpiente reptando entre los cráteres del paisaje lunar de Verdún, un abyecto insecto infectando con el desove de su mortífera descendencia  las cicatrices de las trincheras, la raída indumentaria de los soldados, las petulantes insignias de los oficiales. El diabólico gusano come y tritura la carne muerta de dos hermanos que se han acuchillado con sus bayonetas en España, sin hartarse nunca. La monstruosa oruga hinchada defeca su inmundicia por todas partes, convirtiendo el suelo bajo el cielo en el estercolero del Averno. La ponzoña del infierno anega la tierra, como una metástasis se extiende por el orbe y lo consume, y los cuervos, ahítos de sangre, sobrevuelan la desolación después del  festín.

La gran ofensiva no la lanzaron Hitler o Stalin. Fue Satanás, el Príncipe del Mundo, quien, abandonando todo disimulo y toda sutileza, reclamó su parte, ascendió de las profundidades como la lava del volcán y descargó, en una erupción de rabia, toda su ira sobre aquella generación, como nunca antes en el titánico combate entre el Dragón apocalíptico y la Luz. Los dirigentes de las naciones fueron cómplices e instrumentos. Los pueblos, inmensos rebaños llevados al matadero. Su flamígero látigo chasqueó por encima de las cabezas de los hombres y tronaron los cañones en la tierra y zumbaron los aviones preñados de bombas en los cielos. La tormenta se desató, un granizo de fuego y acero diezmó a la humanidad y un viento venenoso mató en cantidades industriales. La tierra fue el infierno y los hombres, fustigados por el antagonista de Dios, licántropos devorándose unos a otros. El siglo XX, un siglo apocalíptico.

jueves, 6 de junio de 2013

¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?


No ha existido en la dilatada historia de la humanidad -al menos en la historia de Occidente- una figura tan influyente como la de Jesús de Nazaret. Quien lo niegue no conoce el mundo donde vive. Y eso que aquel galileo itinerante y montaraz no fue, ni de lejos, un invicto caudillo como Alejandro el Grande o Julio César, aunque sus seguidores le dieron el título de “Kyrios” (“Señor”); no gobernó un vasto imperio, ni siquiera una ciudad, aunque entrase a lomos de un pollino en Jerusalén, presentándose como el humilde rey que Israel esperaba; no acabó de una vez por todas con los males del mundo, aunque emanaba de Él una fuerza recreadora capaz de devolver el paraíso a las personas que creían en Él; no fue un sabio de la Hélade como Platón o Aristóteles, aunque las gentes -incluidos sus adversarios- se dirigiesen a él con el tratamiento de “Maestro”; no elaboró una nueva filosofía, sino que -según él mismo decía- se limitó a vocear aquello que escuchó del Padre desde la eternidad; no dejó nada escrito, pero sus palabras y sus actos nunca cayeron en el olvido; no lideró ninguna revolución contra el orden establecido, pero era capaz de cambiar el corazón de los hombres con solo una mirada; no tenía dinero, ni propiedades, pero pudo saciar el hambre de miles de personas y, para siempre, la sed de una insatisfecha mujer de Samaria. No se movió en las altas esferas, ni trató con los poderosos de su tiempo, prefirió la compañía de los pequeños y se sentó a la mesa junto a pecadores y prostitutas.
Sí, se decía de Él, empero, que realizaba obras prodigiosas, milagrosas curaciones y exorcismos y que era portador de un feliz anuncio: la restauración de la soberanía de Dios sobre Israel y sobre el mundo. Su predicación fue pregonar la cercanía del Reino de Dios y la feliz liberación del hombre de las ataduras de Satanás y muchos lo comparaban con los grandes profetas de antaño. Enseñaba con gran autoridad y se atrevía a perdonar los pecados, algo que era motivo de mucho escándalo porque para los judíos sólo Dios podía perdonar los pecados. Para las autoridades era una creciente amenaza, para la mayoría de sabios y doctores de la Ley un falso profeta, un impostor confabulado con Satanás, un servidor del Padre de la Mentira.  Algunos, lo más abiertos de mollera, llegaban a preguntarse en su fuero interno si aquel hombre no sería de hecho el Mesías esperado…
Pero aquella vaga esperanza se desmoronó como castillo de naipes, cual casa sin cimientos sólidos ante el furibundo empuje de las aguas torrenciales. Porque este tal Jesús acabó sus días sobre la tierra colgando inerte de una cruz romana. La cruz: el terrible castigo reservado a los criminales de la peor calaña, a los homicidas, a los traidores, a los culpables de lesa majestad. Sus amigos lo habían abandonado en el último momento. Uno de ellos incluso lo traicionó. Hasta Pedro, el elegido para ser la roca, el sólido fundamento donde debía sustentarse la incipiente comunidad de discípulos, había negado conocerle. Su propio pueblo, encabezado por los sumos sacerdotes y los demás miembros del Senado judío, lo declaró culpable tras un juicio sumarísimo y lo entregó a la autoridad romana para que ejecutara la sentencia. “Crucifícale” fue el grito unánime del  populacho congregado frente al estrado de Pilatos. El  procurador romano se lavó las manos y condenó a Jesús a morir en la cruz ante el temor a una enésima rebelión judía. Jesús fue vejado y golpeado con saña. Separado del resto fue conducido al patíbulo, como un despojo fue desechado, como una bestia salvaje, maltratado, como un gusano, aplastado y destruido. Y allí, ante las murallas de Jerusalén, derramando hasta la última gota de su sangre, apurando el cáliz hasta las heces, expiró. El presunto rey de los judíos había sido eliminado y sus seguidores dispersos. Otro falso Mesías descendía a las profundidades del Seol. Con prisas, el cadáver del galileo fue descolgado de la cruz, envuelto en un lienzo y depositado en un sepulcro nuevo cercano al lugar de la crucifixión.  Era la víspera de la fiesta de la Pascua y en el templo los sacerdotes sacrificaban los corderos…

Todo habría terminado en este punto si la tumba del galileo no hubiese aparecido vacía apenas tres días después de su ejecución. Todo habría terminado aquí si los discípulos del galileo no hubiesen comenzado a proclamar a los cuatro vientos que el crucificado había resucitado. Sin duda, el hallazgo del cuerpo habría finiquitado la cuestión. Si sus seguidores habían profanado la tumba y escondido el cadáver, bastaría con la tortura para que alguno de aquellos cobardes confesara aterrorizado el paradero del cuerpo. Pero esos hombres habían cambiado, cada día más intrépidos, más audaces. Ni rastro del miedo cerval de las aciagas horas del proceso y la ejecución. Poniendo en juego su vida, sin temor a la cólera de Dios y menos aún a la de los hombres, pregonaban en las plazas a judíos y extranjeros que Jesús vivía y no había que buscarlo entre los muertos; que la piedra que habían desechado los arquitectos era ahora la piedra angular; que aquel mismo Jesús a quien los dirigentes del pueblo asesinaron, emulando a los viñadores homicidas de la parábola, había sido, frente a la exclusión y la negación de los hombres, resucitado y ratificado por Dios como el que tenía que venir...

jueves, 30 de mayo de 2013

GENTE RAZONABLE, SENSATA Y REALISTA.


"Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?" Los evangelios se escribieron para contestar a esta pregunta planteada por el mismo Jesús a sus seguidores sobre su identidad; se escribieron para esclarecer, fijar y difundir en el espacio y el tiempo, a todas las gentes de la tierra, generación tras generación, la verdad sobre Jesús: el Dios Humano, el Hombre Divino.

¿Quién es? Esta es, por tanto, la pregunta fundamental. ¿Quién es, pues, para nosotros?¿Quién es para ti Jesucristo?¿Le conoces?¿Qué significa en tu vida?¿Te lo has preguntado alguna vez?¿Es un personaje histórico?¿Existió?¿Fue niño y luego adulto?¿Sintió frío, calor?¿Comió y bebió? ¿Experimentó el cansancio, el hambre, el gozo y la decepción?¿Cómo eran su aspecto, su voz, su mirada?¿Contempló la magnífica obra del Templo de Jerusalén?¿Vio los estandartes de Roma tremolar orgullosos en lo alto de la Torre Antonia?¿Padeció, sufrió?¿Realmente murió y resucitó? ¿Es cierto lo que contaban sus discípulos?¿Es alguien más que una figura relevante del pasado?¿Has indagado?¿Has buscado?¿Has leído el Nuevo Testamento?¿Has ido a su encuentro, con una mente abierta y un corazón humilde?

¿Qué quiso decir Pedro, cuando enardecido contestó aquellas inspiradas palabras: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”?

Pero, despacio, ya oigo la objeción: ¿Inspiradas? ¿El Hijo de Dios? ¿Dios? Irreflexivas y alocadas palabras, más bien. Fantasías de un ingenuo pescador. ¿Qué persona razonable, sensata y realista, con la cabeza sobre los hombros y los pies en el suelo, apegada a la realidad e instruida, puede pensar algo así, puede soltar semejante disparate?

Razonable, sensata, realista...

Las personas razonables, sensatas y realistas aceptamos indolentes una vida sin fundamento ni horizonte, carente de sentido; en nuestra molicie nos dejamos mecer por una corriente de opiniones que nos aleja lánguida y cómodamente de la Verdad, mientras a nuestro alrededor sucumbe un mundo vuelto del revés. Las personas razonables, sensatas y realistas fabricamos falsos ídolos y nos arrodillamos ante ellos: dinero, placer, éxito. Las personas razonables, sensatas y realistas cambiamos el nombre de las cosas, las confundimos, y a lo negro llamamos blanco y a lo bueno, malo. Las personas razonables, sensatas y realistas hemos renunciado a tomar las riendas de nuestra vida, a dar respuesta de ella, de nuestros actos, de nuestras opciones y nos entregamos al desenfreno o a los caprichos del relativismo moral imperante. Las personas razonables, sensatas y realistas nos hemos arrojado en brazos de charlatanes y vendedores de humo, hemos aupado al poder a una banda de ególatras, como nosotros, dispuesta a seguir malogrando un planeta ya en exceso expoliado y emponzoñado . Las personas razonables, sensatas y realistas  aceptamos resignadas el miserable destino de los hombres: nacer para morir, discurrir para no entender, crecer para menguar, tener para perder, desear para terminar insatisfechos, sufrir para nada. Las personas razonables, sensatas y realistas creemos que el problema es la solución y prestamos asentimiento a la peregrina idea de que el hombre sólo, sin Dios, puede procurarse a sí mismo la felicidad. Las personas razonables, sensatas y realistas seguimos ciegamente el rumbo que señalan las modas y lo políticamente correcto, nos sometemos acríticamente a las directrices marcadas por los fracasados capitostes que nos gobiernan y por los falsos maestros que nos adoctrinan. Las personas razonables, sensatas y realistas creemos  que de la nada surge todo, como si algo así fuera posible, sin la intervención de un Creador, y opinamos que el orden y las leyes del cosmos, la vida o el estadio humano son fruto de la mera casualidad, son conquista del ciego azar. Las personas razonables, sensatas y realistas ni somos razonables, ni somos sensatas, ni somos realistas. Hemos sucumbido de nuevo al engaño. Siempre es así. “Seréis como dioses”, nos ha vuelto a sisear a la cara la serpiente y, por enésima vez, le hemos prestado oídos y voluntad. Hemos vuelto a caer. Siempre es así. Prisioneros del eterno retorno, atrapados en la órbita del yo, encapsulados en nuestra piel, sólo Dios nos libera de nosotros mismos y hace progresar la historia hacia adelante, hacia un futuro de salvación.

jueves, 23 de mayo de 2013

EL SIGNIFICADO RELIGIOSO DEL SEÑOR DE LOS ANILLOS (III)


En este rápido esbozo de las resonancias evangélicas que encontramos en el Señor de los Anillos vamos a detenernos brevemente, antes de finalizar,  en algunos temas: el anillo de poder y el pecado,  la figura del Mesías en Frodo, Aragorn y Gandalf, la magia y los sacramentos, lo “inesperado” y la acción de la Providencia.

El anillo único o anillo de Poder forjado por el Señor Oscuro, Sauron, para atraer y someter a todos los seres que habitan la Tierra Media es el símbolo del mal y del pecado. Es el poder del Diablo sobre el mundo. La raza de los hombres es la menos resistente a la influencia del anillo -“la maldición de Isildur”- y la más fácil de corromper. La forma anular,  cerrada en sí misma, hueca y vacía en su interior, es la forma del egoísmo, causa de todo pecado. El anillo representa la tentación continua, la inclinación al mal que nos acompaña siempre en el viaje de nuestra vida, la esclavitud del pecado y el peso de la culpa. Como el pecado original, es una herencia: Frodo lo recibe, junto a  Bolsón Cerrado y todas sus pertenencias, de Bilbo. Sin embargo, el portador  debe deshacerse de él y evitar usarlo. De otra manera, el anillo le acabará poseyendo y  convirtiendole en algo semejante a  los espectros del anillo o a la criatura Gollum: un fantasma o un esclavo, un ser desprovisto de identidad y de libertad, completamente despersonalizado. Sin embargo,  ningún hombre, mago o elfo, puede destruirlo, ni sustraerse a su irresistible y maléfico influjo… a la postre, sólo la Providencia, sólo Dios.

En la epopeya de Tolkien descubrimos rastros de las tres líneas mesiánicas ascendentes del Antiguo Testamento que confluyen  en Jesús de Nazaret en las tres figuras crísticas de Aragorn o el Mesías-Rey, del mago  Gandalf o el Mesías-Sacerdote y de  Frodo o el Mesías-Profeta-Siervo. Más aún, considerando con más detenimiento el personaje de Gandalf, pueden, también, atisbarse  huellas  de una línea descendente referida a un Mesías de origen celeste, divino,  pero  con apariencia de “Hijo de Hombre”. Pues ¿de dónde proviene el mago? ¿Cuál es su origen? ¿En qué tiempo remoto vino al mundo? ¿Quién es realmente?

Aragorn es el rey único, verdadero y legítimo. No obstante, Trancos “el montaraz” esconderá su auténtica identidad hasta que llegue su hora,  reclame el trono y restaure el reino. Posee el don de la sanación: las manos del rey son manos que curan, que devuelven la salud. De modo análogo a Jesucristo, entrega su vida voluntariamente cuando ya ha cumplido con su misión en la Tierra. Desciende al seol, para liberar a los muertos de su maldición.

Gandalf es un maiar, un ser angélico enviado a la Tierra Media mucho tiempo atrás. Es el líder, maestro y consejero de la compañía del anillo hasta su disolución. En la compañía están representados todos los pueblos de la Tierra Media, algo que parece indicar la universalidad de la salvación (puesto que todos pecaron, todos necesitan de salvación).  En su triunfo sobre el demonio de Moria o Balrog, Gandalf experimenta una suerte de muerte y resurrección. El cayado sobre el que se apoya es símbolo de su autoridad y poder.

Frodo es un hobbit, un ser pacífico y sencillo, sin dotes especiales, en apariencia insignificante y pequeño,  quien, sin embargo, es elegido para llevar a cabo la gran misión: destruir el anillo. Irá comprendiendo que deberá renunciar a sí mismo, entregarse enteramente y emplear todas sus fuerzas en la consecución del objetivo, sin mirar atrás, sacrificándose por el bien de muchos y, si fuera preciso, dar la propia vida. El dolor y el sufrimiento lo acompañarán en su periplo, pero al final los grandes y poderosos de la tierra se postrarán ante él. Es la misma idea del valor salvífico del sufrimiento que encontramos en los Cánticos del Siervo de Yahvé de Isaías.

La magia usada para el bien por los sabios viene a ser en la Tierra Media el medio de la Gracia, como los sacramentos lo son en la vida cristiana. Los efectos de la magia son análogos a los efectos de los siete sacramentos: curación, alimento, conocimiento, protección… Por medio de los sacramentos y la magia lo sobrenatural fluye en la vida y en la historia, el poder de lo invisible irrumpe en el mundo visible y lo transforma.
Hay, por último,  una presencia misteriosa en toda la narración, una mano invisible reorientando desde lo escondido los  acontecimientos, ordenándolos conforme a un designio director. Nos referimos a la acción de la Divina Providencia. Las siguientes palabras de Gandalf lo ponen de manifiesto: “ no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que están en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza. Pero que tengan sol o lluvia, no depende de nosotros”.

martes, 14 de mayo de 2013

EL SIGNIFICADO RELIGIOSO DEL SEÑOR DE LOS ANILLOS (II).


Así pues, mortalidad e inmortalidad son los conceptos clave del libro de Tolkien y el punto de contacto del cuento con la realidad. La muerte es, tanto en la leyenda como en la realidad, el anclaje de la existencia, la atadura que amarra al hombre al suelo, a la tierra, y le impide extraviarse a la postre en quiméricas huidas. Hasta que el mundo no cambie la criatura será incapaz de librarse de ella. Aceptarla es lo más realista, esperando, igual que Aragorn, que al otro lado haya algo más que recuerdos.

Por otra parte, la inmortalidad no es la vida ininterrumpida. Nuestro presente estado de existencia tiene un fin. La inmortalidad es transformación tras la propia aniquilación, gastar la vida cumpliendo con nuestra vocación para recuperarla de nuevo y para siempre.

Furtiva y sigilosamente, pasando desapercibido para sabios y poderosos  el cambio ya ha comenzado, una semilla de inmortalidad ha caído en la tierra y ha dado fruto.  Aquí, el árbol de la cruz se levanta enhiesto en el centro de la esfera terrestre. En paralelo, en la Tierra media, el anillo donde el mal concentra su poder es destruido por la Providencia, y no por Frodo,ni por ningún otro, en el mismo lugar donde se originó: en las entrañas  del mundo, en la lava primigenia donde fue forjado por el Señor Oscuro.  La muerte ha sido mortalmente herida, también su poder será vencido, también ella será sometida al fin de la Historia, cuando todo lo viejo acabe y empiece lo nuevo.  El hombre y la creación entera resurgirán como Tolkien y el cristiano esperan. Esto será en el último día, antes el mundo aún tiene que soportar el peso de muchas generaciones y Frodo, Bilbo y Gandalf, acabada su misión en la tierra, se dirigen a los Puertos Grises para su último viaje. Allí se embarcan para surcar las aguas (símbolo bíblico de la muerte) con rumbo a la eternidad, donde moran  los inmortales bienaventurados.

En la revelación cristiana se encuentran realmente Mito e Historia, Cielo y Tierra, Mundo invisible y Mundo visible, Eternidad y Tiempo, Espíritu y Carne, Dios y Hombre. La revelación es acercamiento progresivo de la divinidad a la humanidad, cuya culminación resulta ser la más indisoluble de las uniones:  la unión hipostática de las naturalezas humana y divina en la única persona de Cristo,  el Hijo de Dios hecho hombre de los escritos neotestamentarios, el Hombre Eterno de Chesterton. Se van vislumbrando, débilmente al principio, con creciente claridad después, los destellos del evangelio y del dogma católico en el Señor de los Anillos. La lucha del bien contra el mal y la salvación del mundo, la acción de la Providencia invisible en el devenir de los acontecimientos, el poder del mal que parasita lo que fue hecho bueno y quiere acabar con la obra de Dios, la fuerza en la debilidad, la exaltación de los humildes y pequeños, los ecos marianos en el personaje de la dama Galadriel,el valor del sacrificio, la conversión, la impotencia frente al pecado cuando nos enfrentamos a él solos sin el auxilio de la gracia, la centralidad del amor, la dignidad de la persona…

lunes, 13 de mayo de 2013

EL SIGNIFICADO RELIGIOSO DEL SEÑOR DE LOS ANILLOS.


Alguien ha calificado a El Señor de los Anillos como "la gran obra épica católica de nuestra era". Efectivamente, Tolkien era un devoto católico que, desde su particular visión del mundo y su fe religiosa, escribió uno de los mayores relatos fantásticos de la historia de la literatura universal. En una carta dirigida a un amigo afirmaba con rotunidad: “es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión.”  La censura contemporánea, mucho más sutil y eficiente que la de tiempos pretéritos, ya se encarga de silenciar todas estas cosas, de modo que el gran público permanece ajeno a este significado profundo. Aunque pase desapercibido para la mayoría, Tolkien – y también los otros “inklings”- se sirve de la fantasía  para transmitir una perspectiva de la existencia eminentemente cristiana.
El tema central de El Señor de los Anillos no es, como se ha dicho, el afán de poder junto con la esclavitud y corrupción que ocasiona en quienes lo detentan, sino que, como el mismo autor señala en otra misiva: “trata sobre todo de la Muerte y la Inmortalidad”.  
El paso de la vida a la muerte y la actitud del mortal ante ella son el leit-motiv de la historia y lo que acerca la fantasía a la existencia real. Hay dos concepciones de la muerte en la obra: la muerte como castigo y la muerte como don de Iluvatar-Dios. Escapar a la muerte es la obsesión latente. La muerte es el pellizco que nos despierta del sueño y nos devuelve bruscamente a la realidad. La muerte, que a todos pone en su sitio y es el rasgo principal de la condición del hombre, de su debilidad, de su indigencia. La muerte, que levanta una barrera infranqueable para las exiguas fuerzas de la criatura humana y señala su destino. La muerte de la que, sin embargo, se ansía la liberación. El hombre intenta en vano escapar de ella procurándose una mayor longevidad y atesorando la memoria. De esta manera se lamentaba Tolkien en el Silmarilion: "... el miedo que tenían a la muerte era cada vez mayor, y la retrasaban por cualquier medio que tuvieran a su alcance; y empezaron a construir grandes casas para los muertos, mientras que los hombres sabios trabajaban incesantemente intentando descubrir el secreto de la recuperación de la vida, o al menos la prolongación de los días de los hombres. No obstante, sólo alcanzaron el arte de preservar incorrupta la carne muerta de los hombres y llenaron toda la tierra de tumbas silenciosas en las que la idea de la muerte se confundía con la oscuridad. Pero los que vivían se volcaban con mayor ansia al placer y a las fiestas, siempre codiciando más riquezas y bienes; y después de los días de Tar-Ancalimon, la ofrenda de las primicias a Eru fue desatendida, y los hombres iban rara vez al Santuario..."

El hombre desea la inmortalidad y precisamente la inmortalidad es lo que le ofrece la fe: “quien cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 26). El hombre no puede obtenerla por sí mismo, en virtud de sus fuerzas o méritos... pero hay Alguien que puede vencer a la muerte y darle al hombre la ansiada inmortalidad.

En la producción literaria de Tolkien hay una idea positiva de la muerte: la muerte no es vista sólo como castigo, es también, aunque resulte difícil entenderlo, don de Iluvatar a los hombres y culminación de una existencia vivida con sentido. Es el colofón de una vida generosa y valiente, es la corona de los héroes, el merecido descanso de aquellos que descubrieron su lugar en el mundo, su papel en la historia y cumplieron con su función, el sueño de los hijos de Iluvatar-Dios  antes del amanecer del nuevo e imperecedero día.

viernes, 10 de mayo de 2013

YO PREGUNTO

Entre las reivindicaciones de los sindicatos convocantes de la última huelga educativa está la de imponer una formación laica y eliminar de la educación pública la enseñanza de la religión católica. Los argumentos que aportan y las razones que aducen provocan en el receptor no ideologizado un asombro mayúsculo, cercano al pasmo: que si los “obispos” por aquí, que si los “curas”por allá, que si el retorno del nacionalcatolicismo por acullá... Pues bien, a estos sindicatos, plataformas, movimientos o como quiera que se denominen, yo les pregunto:

- ¿Quiénes os habéis creído para plantear semejante RECORTE,-sí, sí, con todas las letras y en mayúsculas- en la libertad de los padres a elegir la formación de sus hijos?

- ¿Quiénes os habéis creído para imponer tamaño RECORTE en el derecho a una educación integral del niño, del adolescente, del joven?

- ¿Quiénes os habéis creído para poner trabas a la completa realización de nuestros hijos RECORTÁNDOLE al ser humano su dimensión religiosa, su apertura a la trascendencia y lo trascendente?

- ¿Quiénes os habéis creído para RECORTAR del estudio y del conocimiento de la historia, de la literatura, la música, las artes plásticas, la filosofía, incluso de las ciencias, la magna y luminosa influencia del cristianismo?

- ¿Quiénes os habéis creído para RECORTAR del abanico de respuestas a las grandes preguntas de la humanidad aquellas de contenido religioso o teológico?

- ¿Quiénes os habéis creído para RECORTAR del ámbito académico otras propuestas antropológicas y otras cosmovisiones diferentes, y casi siempre opuestas, a la vuestra?

Yo pregunto: ¿Por qué tanta animadversión hacia la Iglesia y la religión católica?
No espero respuestas claras, sinceras. No importa. Las conozco. Odian a la Iglesia porque saben que es la mejor pedagoga y maestra que existe, porque conoce la auténtica realidad del ser humano, porque defiende como nadie la dignidad, la libertad y el valor de la persona humana con total fidelidad a la verdad, porque se saben un puñado de mequetrefes frente a un rival formidable en la lucha por atraer a los hombres y ofrecerles la felicidad y porque, en fin, no soportan que la salvación del hombre sea cosa de Dios y no de ellos. Aquí está todo el meollo del asunto.