"Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?" Los evangelios se
escribieron para contestar a esta pregunta planteada por el mismo Jesús a sus
seguidores sobre su identidad; se escribieron para esclarecer,
fijar y difundir en el espacio y el tiempo, a todas las gentes de la tierra, generación
tras generación, la verdad sobre Jesús: el Dios Humano, el Hombre Divino.
¿Quién es? Esta es, por tanto, la pregunta fundamental. ¿Quién
es, pues, para nosotros?¿Quién es para ti Jesucristo?¿Le conoces?¿Qué significa
en tu vida?¿Te lo has preguntado alguna vez?¿Es un personaje histórico?¿Existió?¿Fue niño y luego adulto?¿Sintió
frío, calor?¿Comió y bebió? ¿Experimentó el cansancio, el hambre, el gozo y la
decepción?¿Cómo eran su aspecto, su voz, su mirada?¿Contempló la magnífica obra
del Templo de Jerusalén?¿Vio los estandartes de Roma tremolar orgullosos en lo
alto de la Torre Antonia?¿Padeció, sufrió?¿Realmente murió y resucitó? ¿Es
cierto lo que contaban sus discípulos?¿Es alguien más que una figura relevante del pasado?¿Has indagado?¿Has
buscado?¿Has leído el Nuevo Testamento?¿Has ido a su encuentro, con una mente
abierta y un corazón humilde?
¿Qué quiso decir Pedro, cuando enardecido contestó aquellas
inspiradas palabras: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”?
Pero, despacio, ya oigo la objeción: ¿Inspiradas? ¿El Hijo
de Dios? ¿Dios? Irreflexivas y alocadas palabras, más bien. Fantasías de un
ingenuo pescador. ¿Qué persona razonable, sensata y realista, con la cabeza
sobre los hombros y los pies en el suelo, apegada a la realidad e instruida, puede
pensar algo así, puede soltar semejante disparate?
Razonable, sensata, realista...
Las personas razonables, sensatas y realistas aceptamos
indolentes una vida sin fundamento ni horizonte, carente de sentido; en nuestra
molicie nos dejamos mecer por una corriente de opiniones que nos aleja lánguida
y cómodamente de la Verdad, mientras a nuestro alrededor sucumbe un mundo vuelto del revés.
Las personas razonables, sensatas y realistas fabricamos falsos ídolos y nos
arrodillamos ante ellos: dinero, placer, éxito. Las personas razonables,
sensatas y realistas cambiamos el nombre de las cosas, las confundimos, y a lo
negro llamamos blanco y a lo bueno, malo. Las personas razonables, sensatas y
realistas hemos renunciado a tomar las riendas de nuestra vida, a dar respuesta
de ella, de nuestros actos, de nuestras opciones y nos entregamos al desenfreno o a los caprichos del relativismo
moral imperante. Las personas razonables, sensatas y realistas nos hemos
arrojado en brazos de charlatanes y vendedores de humo, hemos aupado al poder a
una banda de ególatras, como nosotros, dispuesta a seguir malogrando un planeta
ya en exceso expoliado y emponzoñado . Las personas razonables, sensatas y
realistas aceptamos resignadas el miserable
destino de los hombres: nacer para morir, discurrir para no entender, crecer
para menguar, tener para perder, desear para terminar insatisfechos, sufrir
para nada. Las personas razonables, sensatas y realistas creemos que el
problema es la solución y prestamos asentimiento a la peregrina idea de que el
hombre sólo, sin Dios, puede procurarse a sí mismo la felicidad. Las personas
razonables, sensatas y realistas seguimos ciegamente el rumbo que señalan las
modas y lo políticamente correcto, nos sometemos acríticamente a las
directrices marcadas por los fracasados capitostes que nos gobiernan y por los
falsos maestros que nos adoctrinan. Las personas razonables, sensatas y
realistas creemos que de la nada surge
todo, como si algo así fuera posible, sin la intervención de un Creador, y
opinamos que el orden y las leyes del cosmos, la vida o el estadio humano son fruto
de la mera casualidad, son conquista del ciego azar. Las personas razonables,
sensatas y realistas ni somos razonables, ni somos sensatas, ni somos
realistas. Hemos sucumbido de nuevo al engaño. Siempre es así. “Seréis como dioses”,
nos ha vuelto a sisear a la cara la serpiente y, por enésima vez, le hemos
prestado oídos y voluntad. Hemos vuelto a caer. Siempre es así. Prisioneros del
eterno retorno, atrapados en la órbita del yo, encapsulados en nuestra piel, sólo
Dios nos libera de nosotros mismos y hace progresar la historia hacia adelante,
hacia un futuro de salvación.
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