lunes, 13 de mayo de 2013

EL SIGNIFICADO RELIGIOSO DEL SEÑOR DE LOS ANILLOS.


Alguien ha calificado a El Señor de los Anillos como "la gran obra épica católica de nuestra era". Efectivamente, Tolkien era un devoto católico que, desde su particular visión del mundo y su fe religiosa, escribió uno de los mayores relatos fantásticos de la historia de la literatura universal. En una carta dirigida a un amigo afirmaba con rotunidad: “es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión.”  La censura contemporánea, mucho más sutil y eficiente que la de tiempos pretéritos, ya se encarga de silenciar todas estas cosas, de modo que el gran público permanece ajeno a este significado profundo. Aunque pase desapercibido para la mayoría, Tolkien – y también los otros “inklings”- se sirve de la fantasía  para transmitir una perspectiva de la existencia eminentemente cristiana.
El tema central de El Señor de los Anillos no es, como se ha dicho, el afán de poder junto con la esclavitud y corrupción que ocasiona en quienes lo detentan, sino que, como el mismo autor señala en otra misiva: “trata sobre todo de la Muerte y la Inmortalidad”.  
El paso de la vida a la muerte y la actitud del mortal ante ella son el leit-motiv de la historia y lo que acerca la fantasía a la existencia real. Hay dos concepciones de la muerte en la obra: la muerte como castigo y la muerte como don de Iluvatar-Dios. Escapar a la muerte es la obsesión latente. La muerte es el pellizco que nos despierta del sueño y nos devuelve bruscamente a la realidad. La muerte, que a todos pone en su sitio y es el rasgo principal de la condición del hombre, de su debilidad, de su indigencia. La muerte, que levanta una barrera infranqueable para las exiguas fuerzas de la criatura humana y señala su destino. La muerte de la que, sin embargo, se ansía la liberación. El hombre intenta en vano escapar de ella procurándose una mayor longevidad y atesorando la memoria. De esta manera se lamentaba Tolkien en el Silmarilion: "... el miedo que tenían a la muerte era cada vez mayor, y la retrasaban por cualquier medio que tuvieran a su alcance; y empezaron a construir grandes casas para los muertos, mientras que los hombres sabios trabajaban incesantemente intentando descubrir el secreto de la recuperación de la vida, o al menos la prolongación de los días de los hombres. No obstante, sólo alcanzaron el arte de preservar incorrupta la carne muerta de los hombres y llenaron toda la tierra de tumbas silenciosas en las que la idea de la muerte se confundía con la oscuridad. Pero los que vivían se volcaban con mayor ansia al placer y a las fiestas, siempre codiciando más riquezas y bienes; y después de los días de Tar-Ancalimon, la ofrenda de las primicias a Eru fue desatendida, y los hombres iban rara vez al Santuario..."

El hombre desea la inmortalidad y precisamente la inmortalidad es lo que le ofrece la fe: “quien cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 26). El hombre no puede obtenerla por sí mismo, en virtud de sus fuerzas o méritos... pero hay Alguien que puede vencer a la muerte y darle al hombre la ansiada inmortalidad.

En la producción literaria de Tolkien hay una idea positiva de la muerte: la muerte no es vista sólo como castigo, es también, aunque resulte difícil entenderlo, don de Iluvatar a los hombres y culminación de una existencia vivida con sentido. Es el colofón de una vida generosa y valiente, es la corona de los héroes, el merecido descanso de aquellos que descubrieron su lugar en el mundo, su papel en la historia y cumplieron con su función, el sueño de los hijos de Iluvatar-Dios  antes del amanecer del nuevo e imperecedero día.

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