martes, 14 de mayo de 2013

EL SIGNIFICADO RELIGIOSO DEL SEÑOR DE LOS ANILLOS (II).


Así pues, mortalidad e inmortalidad son los conceptos clave del libro de Tolkien y el punto de contacto del cuento con la realidad. La muerte es, tanto en la leyenda como en la realidad, el anclaje de la existencia, la atadura que amarra al hombre al suelo, a la tierra, y le impide extraviarse a la postre en quiméricas huidas. Hasta que el mundo no cambie la criatura será incapaz de librarse de ella. Aceptarla es lo más realista, esperando, igual que Aragorn, que al otro lado haya algo más que recuerdos.

Por otra parte, la inmortalidad no es la vida ininterrumpida. Nuestro presente estado de existencia tiene un fin. La inmortalidad es transformación tras la propia aniquilación, gastar la vida cumpliendo con nuestra vocación para recuperarla de nuevo y para siempre.

Furtiva y sigilosamente, pasando desapercibido para sabios y poderosos  el cambio ya ha comenzado, una semilla de inmortalidad ha caído en la tierra y ha dado fruto.  Aquí, el árbol de la cruz se levanta enhiesto en el centro de la esfera terrestre. En paralelo, en la Tierra media, el anillo donde el mal concentra su poder es destruido por la Providencia, y no por Frodo,ni por ningún otro, en el mismo lugar donde se originó: en las entrañas  del mundo, en la lava primigenia donde fue forjado por el Señor Oscuro.  La muerte ha sido mortalmente herida, también su poder será vencido, también ella será sometida al fin de la Historia, cuando todo lo viejo acabe y empiece lo nuevo.  El hombre y la creación entera resurgirán como Tolkien y el cristiano esperan. Esto será en el último día, antes el mundo aún tiene que soportar el peso de muchas generaciones y Frodo, Bilbo y Gandalf, acabada su misión en la tierra, se dirigen a los Puertos Grises para su último viaje. Allí se embarcan para surcar las aguas (símbolo bíblico de la muerte) con rumbo a la eternidad, donde moran  los inmortales bienaventurados.

En la revelación cristiana se encuentran realmente Mito e Historia, Cielo y Tierra, Mundo invisible y Mundo visible, Eternidad y Tiempo, Espíritu y Carne, Dios y Hombre. La revelación es acercamiento progresivo de la divinidad a la humanidad, cuya culminación resulta ser la más indisoluble de las uniones:  la unión hipostática de las naturalezas humana y divina en la única persona de Cristo,  el Hijo de Dios hecho hombre de los escritos neotestamentarios, el Hombre Eterno de Chesterton. Se van vislumbrando, débilmente al principio, con creciente claridad después, los destellos del evangelio y del dogma católico en el Señor de los Anillos. La lucha del bien contra el mal y la salvación del mundo, la acción de la Providencia invisible en el devenir de los acontecimientos, el poder del mal que parasita lo que fue hecho bueno y quiere acabar con la obra de Dios, la fuerza en la debilidad, la exaltación de los humildes y pequeños, los ecos marianos en el personaje de la dama Galadriel,el valor del sacrificio, la conversión, la impotencia frente al pecado cuando nos enfrentamos a él solos sin el auxilio de la gracia, la centralidad del amor, la dignidad de la persona…

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