jueves, 30 de mayo de 2013

GENTE RAZONABLE, SENSATA Y REALISTA.


"Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?" Los evangelios se escribieron para contestar a esta pregunta planteada por el mismo Jesús a sus seguidores sobre su identidad; se escribieron para esclarecer, fijar y difundir en el espacio y el tiempo, a todas las gentes de la tierra, generación tras generación, la verdad sobre Jesús: el Dios Humano, el Hombre Divino.

¿Quién es? Esta es, por tanto, la pregunta fundamental. ¿Quién es, pues, para nosotros?¿Quién es para ti Jesucristo?¿Le conoces?¿Qué significa en tu vida?¿Te lo has preguntado alguna vez?¿Es un personaje histórico?¿Existió?¿Fue niño y luego adulto?¿Sintió frío, calor?¿Comió y bebió? ¿Experimentó el cansancio, el hambre, el gozo y la decepción?¿Cómo eran su aspecto, su voz, su mirada?¿Contempló la magnífica obra del Templo de Jerusalén?¿Vio los estandartes de Roma tremolar orgullosos en lo alto de la Torre Antonia?¿Padeció, sufrió?¿Realmente murió y resucitó? ¿Es cierto lo que contaban sus discípulos?¿Es alguien más que una figura relevante del pasado?¿Has indagado?¿Has buscado?¿Has leído el Nuevo Testamento?¿Has ido a su encuentro, con una mente abierta y un corazón humilde?

¿Qué quiso decir Pedro, cuando enardecido contestó aquellas inspiradas palabras: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”?

Pero, despacio, ya oigo la objeción: ¿Inspiradas? ¿El Hijo de Dios? ¿Dios? Irreflexivas y alocadas palabras, más bien. Fantasías de un ingenuo pescador. ¿Qué persona razonable, sensata y realista, con la cabeza sobre los hombros y los pies en el suelo, apegada a la realidad e instruida, puede pensar algo así, puede soltar semejante disparate?

Razonable, sensata, realista...

Las personas razonables, sensatas y realistas aceptamos indolentes una vida sin fundamento ni horizonte, carente de sentido; en nuestra molicie nos dejamos mecer por una corriente de opiniones que nos aleja lánguida y cómodamente de la Verdad, mientras a nuestro alrededor sucumbe un mundo vuelto del revés. Las personas razonables, sensatas y realistas fabricamos falsos ídolos y nos arrodillamos ante ellos: dinero, placer, éxito. Las personas razonables, sensatas y realistas cambiamos el nombre de las cosas, las confundimos, y a lo negro llamamos blanco y a lo bueno, malo. Las personas razonables, sensatas y realistas hemos renunciado a tomar las riendas de nuestra vida, a dar respuesta de ella, de nuestros actos, de nuestras opciones y nos entregamos al desenfreno o a los caprichos del relativismo moral imperante. Las personas razonables, sensatas y realistas nos hemos arrojado en brazos de charlatanes y vendedores de humo, hemos aupado al poder a una banda de ególatras, como nosotros, dispuesta a seguir malogrando un planeta ya en exceso expoliado y emponzoñado . Las personas razonables, sensatas y realistas  aceptamos resignadas el miserable destino de los hombres: nacer para morir, discurrir para no entender, crecer para menguar, tener para perder, desear para terminar insatisfechos, sufrir para nada. Las personas razonables, sensatas y realistas creemos que el problema es la solución y prestamos asentimiento a la peregrina idea de que el hombre sólo, sin Dios, puede procurarse a sí mismo la felicidad. Las personas razonables, sensatas y realistas seguimos ciegamente el rumbo que señalan las modas y lo políticamente correcto, nos sometemos acríticamente a las directrices marcadas por los fracasados capitostes que nos gobiernan y por los falsos maestros que nos adoctrinan. Las personas razonables, sensatas y realistas creemos  que de la nada surge todo, como si algo así fuera posible, sin la intervención de un Creador, y opinamos que el orden y las leyes del cosmos, la vida o el estadio humano son fruto de la mera casualidad, son conquista del ciego azar. Las personas razonables, sensatas y realistas ni somos razonables, ni somos sensatas, ni somos realistas. Hemos sucumbido de nuevo al engaño. Siempre es así. “Seréis como dioses”, nos ha vuelto a sisear a la cara la serpiente y, por enésima vez, le hemos prestado oídos y voluntad. Hemos vuelto a caer. Siempre es así. Prisioneros del eterno retorno, atrapados en la órbita del yo, encapsulados en nuestra piel, sólo Dios nos libera de nosotros mismos y hace progresar la historia hacia adelante, hacia un futuro de salvación.

jueves, 23 de mayo de 2013

EL SIGNIFICADO RELIGIOSO DEL SEÑOR DE LOS ANILLOS (III)


En este rápido esbozo de las resonancias evangélicas que encontramos en el Señor de los Anillos vamos a detenernos brevemente, antes de finalizar,  en algunos temas: el anillo de poder y el pecado,  la figura del Mesías en Frodo, Aragorn y Gandalf, la magia y los sacramentos, lo “inesperado” y la acción de la Providencia.

El anillo único o anillo de Poder forjado por el Señor Oscuro, Sauron, para atraer y someter a todos los seres que habitan la Tierra Media es el símbolo del mal y del pecado. Es el poder del Diablo sobre el mundo. La raza de los hombres es la menos resistente a la influencia del anillo -“la maldición de Isildur”- y la más fácil de corromper. La forma anular,  cerrada en sí misma, hueca y vacía en su interior, es la forma del egoísmo, causa de todo pecado. El anillo representa la tentación continua, la inclinación al mal que nos acompaña siempre en el viaje de nuestra vida, la esclavitud del pecado y el peso de la culpa. Como el pecado original, es una herencia: Frodo lo recibe, junto a  Bolsón Cerrado y todas sus pertenencias, de Bilbo. Sin embargo, el portador  debe deshacerse de él y evitar usarlo. De otra manera, el anillo le acabará poseyendo y  convirtiendole en algo semejante a  los espectros del anillo o a la criatura Gollum: un fantasma o un esclavo, un ser desprovisto de identidad y de libertad, completamente despersonalizado. Sin embargo,  ningún hombre, mago o elfo, puede destruirlo, ni sustraerse a su irresistible y maléfico influjo… a la postre, sólo la Providencia, sólo Dios.

En la epopeya de Tolkien descubrimos rastros de las tres líneas mesiánicas ascendentes del Antiguo Testamento que confluyen  en Jesús de Nazaret en las tres figuras crísticas de Aragorn o el Mesías-Rey, del mago  Gandalf o el Mesías-Sacerdote y de  Frodo o el Mesías-Profeta-Siervo. Más aún, considerando con más detenimiento el personaje de Gandalf, pueden, también, atisbarse  huellas  de una línea descendente referida a un Mesías de origen celeste, divino,  pero  con apariencia de “Hijo de Hombre”. Pues ¿de dónde proviene el mago? ¿Cuál es su origen? ¿En qué tiempo remoto vino al mundo? ¿Quién es realmente?

Aragorn es el rey único, verdadero y legítimo. No obstante, Trancos “el montaraz” esconderá su auténtica identidad hasta que llegue su hora,  reclame el trono y restaure el reino. Posee el don de la sanación: las manos del rey son manos que curan, que devuelven la salud. De modo análogo a Jesucristo, entrega su vida voluntariamente cuando ya ha cumplido con su misión en la Tierra. Desciende al seol, para liberar a los muertos de su maldición.

Gandalf es un maiar, un ser angélico enviado a la Tierra Media mucho tiempo atrás. Es el líder, maestro y consejero de la compañía del anillo hasta su disolución. En la compañía están representados todos los pueblos de la Tierra Media, algo que parece indicar la universalidad de la salvación (puesto que todos pecaron, todos necesitan de salvación).  En su triunfo sobre el demonio de Moria o Balrog, Gandalf experimenta una suerte de muerte y resurrección. El cayado sobre el que se apoya es símbolo de su autoridad y poder.

Frodo es un hobbit, un ser pacífico y sencillo, sin dotes especiales, en apariencia insignificante y pequeño,  quien, sin embargo, es elegido para llevar a cabo la gran misión: destruir el anillo. Irá comprendiendo que deberá renunciar a sí mismo, entregarse enteramente y emplear todas sus fuerzas en la consecución del objetivo, sin mirar atrás, sacrificándose por el bien de muchos y, si fuera preciso, dar la propia vida. El dolor y el sufrimiento lo acompañarán en su periplo, pero al final los grandes y poderosos de la tierra se postrarán ante él. Es la misma idea del valor salvífico del sufrimiento que encontramos en los Cánticos del Siervo de Yahvé de Isaías.

La magia usada para el bien por los sabios viene a ser en la Tierra Media el medio de la Gracia, como los sacramentos lo son en la vida cristiana. Los efectos de la magia son análogos a los efectos de los siete sacramentos: curación, alimento, conocimiento, protección… Por medio de los sacramentos y la magia lo sobrenatural fluye en la vida y en la historia, el poder de lo invisible irrumpe en el mundo visible y lo transforma.
Hay, por último,  una presencia misteriosa en toda la narración, una mano invisible reorientando desde lo escondido los  acontecimientos, ordenándolos conforme a un designio director. Nos referimos a la acción de la Divina Providencia. Las siguientes palabras de Gandalf lo ponen de manifiesto: “ no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que están en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza. Pero que tengan sol o lluvia, no depende de nosotros”.

martes, 14 de mayo de 2013

EL SIGNIFICADO RELIGIOSO DEL SEÑOR DE LOS ANILLOS (II).


Así pues, mortalidad e inmortalidad son los conceptos clave del libro de Tolkien y el punto de contacto del cuento con la realidad. La muerte es, tanto en la leyenda como en la realidad, el anclaje de la existencia, la atadura que amarra al hombre al suelo, a la tierra, y le impide extraviarse a la postre en quiméricas huidas. Hasta que el mundo no cambie la criatura será incapaz de librarse de ella. Aceptarla es lo más realista, esperando, igual que Aragorn, que al otro lado haya algo más que recuerdos.

Por otra parte, la inmortalidad no es la vida ininterrumpida. Nuestro presente estado de existencia tiene un fin. La inmortalidad es transformación tras la propia aniquilación, gastar la vida cumpliendo con nuestra vocación para recuperarla de nuevo y para siempre.

Furtiva y sigilosamente, pasando desapercibido para sabios y poderosos  el cambio ya ha comenzado, una semilla de inmortalidad ha caído en la tierra y ha dado fruto.  Aquí, el árbol de la cruz se levanta enhiesto en el centro de la esfera terrestre. En paralelo, en la Tierra media, el anillo donde el mal concentra su poder es destruido por la Providencia, y no por Frodo,ni por ningún otro, en el mismo lugar donde se originó: en las entrañas  del mundo, en la lava primigenia donde fue forjado por el Señor Oscuro.  La muerte ha sido mortalmente herida, también su poder será vencido, también ella será sometida al fin de la Historia, cuando todo lo viejo acabe y empiece lo nuevo.  El hombre y la creación entera resurgirán como Tolkien y el cristiano esperan. Esto será en el último día, antes el mundo aún tiene que soportar el peso de muchas generaciones y Frodo, Bilbo y Gandalf, acabada su misión en la tierra, se dirigen a los Puertos Grises para su último viaje. Allí se embarcan para surcar las aguas (símbolo bíblico de la muerte) con rumbo a la eternidad, donde moran  los inmortales bienaventurados.

En la revelación cristiana se encuentran realmente Mito e Historia, Cielo y Tierra, Mundo invisible y Mundo visible, Eternidad y Tiempo, Espíritu y Carne, Dios y Hombre. La revelación es acercamiento progresivo de la divinidad a la humanidad, cuya culminación resulta ser la más indisoluble de las uniones:  la unión hipostática de las naturalezas humana y divina en la única persona de Cristo,  el Hijo de Dios hecho hombre de los escritos neotestamentarios, el Hombre Eterno de Chesterton. Se van vislumbrando, débilmente al principio, con creciente claridad después, los destellos del evangelio y del dogma católico en el Señor de los Anillos. La lucha del bien contra el mal y la salvación del mundo, la acción de la Providencia invisible en el devenir de los acontecimientos, el poder del mal que parasita lo que fue hecho bueno y quiere acabar con la obra de Dios, la fuerza en la debilidad, la exaltación de los humildes y pequeños, los ecos marianos en el personaje de la dama Galadriel,el valor del sacrificio, la conversión, la impotencia frente al pecado cuando nos enfrentamos a él solos sin el auxilio de la gracia, la centralidad del amor, la dignidad de la persona…

lunes, 13 de mayo de 2013

EL SIGNIFICADO RELIGIOSO DEL SEÑOR DE LOS ANILLOS.


Alguien ha calificado a El Señor de los Anillos como "la gran obra épica católica de nuestra era". Efectivamente, Tolkien era un devoto católico que, desde su particular visión del mundo y su fe religiosa, escribió uno de los mayores relatos fantásticos de la historia de la literatura universal. En una carta dirigida a un amigo afirmaba con rotunidad: “es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión.”  La censura contemporánea, mucho más sutil y eficiente que la de tiempos pretéritos, ya se encarga de silenciar todas estas cosas, de modo que el gran público permanece ajeno a este significado profundo. Aunque pase desapercibido para la mayoría, Tolkien – y también los otros “inklings”- se sirve de la fantasía  para transmitir una perspectiva de la existencia eminentemente cristiana.
El tema central de El Señor de los Anillos no es, como se ha dicho, el afán de poder junto con la esclavitud y corrupción que ocasiona en quienes lo detentan, sino que, como el mismo autor señala en otra misiva: “trata sobre todo de la Muerte y la Inmortalidad”.  
El paso de la vida a la muerte y la actitud del mortal ante ella son el leit-motiv de la historia y lo que acerca la fantasía a la existencia real. Hay dos concepciones de la muerte en la obra: la muerte como castigo y la muerte como don de Iluvatar-Dios. Escapar a la muerte es la obsesión latente. La muerte es el pellizco que nos despierta del sueño y nos devuelve bruscamente a la realidad. La muerte, que a todos pone en su sitio y es el rasgo principal de la condición del hombre, de su debilidad, de su indigencia. La muerte, que levanta una barrera infranqueable para las exiguas fuerzas de la criatura humana y señala su destino. La muerte de la que, sin embargo, se ansía la liberación. El hombre intenta en vano escapar de ella procurándose una mayor longevidad y atesorando la memoria. De esta manera se lamentaba Tolkien en el Silmarilion: "... el miedo que tenían a la muerte era cada vez mayor, y la retrasaban por cualquier medio que tuvieran a su alcance; y empezaron a construir grandes casas para los muertos, mientras que los hombres sabios trabajaban incesantemente intentando descubrir el secreto de la recuperación de la vida, o al menos la prolongación de los días de los hombres. No obstante, sólo alcanzaron el arte de preservar incorrupta la carne muerta de los hombres y llenaron toda la tierra de tumbas silenciosas en las que la idea de la muerte se confundía con la oscuridad. Pero los que vivían se volcaban con mayor ansia al placer y a las fiestas, siempre codiciando más riquezas y bienes; y después de los días de Tar-Ancalimon, la ofrenda de las primicias a Eru fue desatendida, y los hombres iban rara vez al Santuario..."

El hombre desea la inmortalidad y precisamente la inmortalidad es lo que le ofrece la fe: “quien cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 26). El hombre no puede obtenerla por sí mismo, en virtud de sus fuerzas o méritos... pero hay Alguien que puede vencer a la muerte y darle al hombre la ansiada inmortalidad.

En la producción literaria de Tolkien hay una idea positiva de la muerte: la muerte no es vista sólo como castigo, es también, aunque resulte difícil entenderlo, don de Iluvatar a los hombres y culminación de una existencia vivida con sentido. Es el colofón de una vida generosa y valiente, es la corona de los héroes, el merecido descanso de aquellos que descubrieron su lugar en el mundo, su papel en la historia y cumplieron con su función, el sueño de los hijos de Iluvatar-Dios  antes del amanecer del nuevo e imperecedero día.

viernes, 10 de mayo de 2013

YO PREGUNTO

Entre las reivindicaciones de los sindicatos convocantes de la última huelga educativa está la de imponer una formación laica y eliminar de la educación pública la enseñanza de la religión católica. Los argumentos que aportan y las razones que aducen provocan en el receptor no ideologizado un asombro mayúsculo, cercano al pasmo: que si los “obispos” por aquí, que si los “curas”por allá, que si el retorno del nacionalcatolicismo por acullá... Pues bien, a estos sindicatos, plataformas, movimientos o como quiera que se denominen, yo les pregunto:

- ¿Quiénes os habéis creído para plantear semejante RECORTE,-sí, sí, con todas las letras y en mayúsculas- en la libertad de los padres a elegir la formación de sus hijos?

- ¿Quiénes os habéis creído para imponer tamaño RECORTE en el derecho a una educación integral del niño, del adolescente, del joven?

- ¿Quiénes os habéis creído para poner trabas a la completa realización de nuestros hijos RECORTÁNDOLE al ser humano su dimensión religiosa, su apertura a la trascendencia y lo trascendente?

- ¿Quiénes os habéis creído para RECORTAR del estudio y del conocimiento de la historia, de la literatura, la música, las artes plásticas, la filosofía, incluso de las ciencias, la magna y luminosa influencia del cristianismo?

- ¿Quiénes os habéis creído para RECORTAR del abanico de respuestas a las grandes preguntas de la humanidad aquellas de contenido religioso o teológico?

- ¿Quiénes os habéis creído para RECORTAR del ámbito académico otras propuestas antropológicas y otras cosmovisiones diferentes, y casi siempre opuestas, a la vuestra?

Yo pregunto: ¿Por qué tanta animadversión hacia la Iglesia y la religión católica?
No espero respuestas claras, sinceras. No importa. Las conozco. Odian a la Iglesia porque saben que es la mejor pedagoga y maestra que existe, porque conoce la auténtica realidad del ser humano, porque defiende como nadie la dignidad, la libertad y el valor de la persona humana con total fidelidad a la verdad, porque se saben un puñado de mequetrefes frente a un rival formidable en la lucha por atraer a los hombres y ofrecerles la felicidad y porque, en fin, no soportan que la salvación del hombre sea cosa de Dios y no de ellos. Aquí está todo el meollo del asunto.