martes, 14 de marzo de 2017

TÚ DECIDES

“Y no hay en ningún otro salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hch 4,12)

Transcurría el año 784 de la fundación de Roma, el 30 de nuestra Era, el día 14 del mes judío de Nisán (viernes, 7 de abril, según nuestro cómputo), muchos siglos habían pasado desde los tiempos de Moisés y la ciudad de Jerusalén se preparaba para celebrar la fiesta de la Pascua que aquel año coincidía con el Sábado. Una muchedumbre de jerosolimitanos y forasteros venidos de otros lugares de Judea, de Galilea y, también, de Alejandría, Antioquía, Cirene o Fenicia, acudían al majestuoso Templo, gloria de Israel, imponente morada de Dios en medio de los hombres, para el sacrificio de los corderos pascuales que las familias hebreas consumirían en la cena. Era la Parasceve, el día de los preparativos antes del gran evento: el memorial  de la Pascua, la conmemoración de la poderosa intervención de Dios en la historia para liberar a su pueblo de la esclavitud. Para la mentalidad bíblica (judía y cristiana), “memorial” es el recuerdo de la acción salvífica de Yahvé en favor de los hombres, pero recuerdo traído al hoy, esto es, revivido, experimentado nuevamente por las sucesivas generaciones, de manera que éstas participan por medio de la celebración, de los ritos y de la liturgia del mismo momento del hecho rememorado, quedando vinculados vitalmente presente y pasado.

Aquello que los judíos se disponen a celebrar -la obra salvadora de Dios- se está realizando esa misma tarde del viernes, 7 de abril del año 30, real, plena y definitivamente. No en el Templo, ni dentro de la ciudad santa, sino fuera, extramuros, en una cruz romana. En el sitio elevado que llaman de la “Calavera”, lugar de muerte y de infamia, acontece la redención de la Humanidad. Allí, otro nutrido grupo de personas, encabezado por una representación del Sanedrín, se arremolina en torno a tres patíbulos en los cuales la soldadesca del procurador Pilato ha clavado a sendos condenados. De una de las cruces, la de en medio,  cuelga un hombre ensangrentado y ya agonizante que atrae todas las miradas hacia sí; en el cartel sobre el madero puede leerse el siguiente “titulus”: “Jesús el Nazareno, el rey de los judíos”.

Es el rabí de Galilea, el mismo que unos días antes, montado en un pollino, había entrado en Jerusalén aclamado por el gentío como Mesías. Jesús, “el Dios que salva”, el Dios hecho hombre para que el hombre vuelva a Dios. Es el Rey coronado de espinas y la cruz es su trono.  Él es el nuevo Templo, la verdadera morada de Dios entre los hombres; Él es el sumo sacerdote, colocado con los brazos abiertos entre el cielo y  la tierra, único mediador entre Dios y la humanidad; Él es la víctima expiatoria, el auténtico cordero pascual sin defecto que con su sangre lava el pecado del pueblo. Él es el Hijo obediente en el árbol del calvario, el nuevo Adán. “Cuando el Hijo del Hombre sea elevado sabrán que Yo Soy”.

Dios y los hombres, protagonistas del gran drama. Junto a Jesús han crucificado a dos malhechores, uno a su izquierda y otro a su derecha. En aquellos delincuentes, probablemente camaradas de Barrabás, está representada toda la humanidad: el ser humano es un malhechor crucificado. Tú y yo lo somos. Malhechores por nuestra condición de pecadores, crucificados por nuestra naturaleza mortal. El Hijo, al tomar nuestra carne perecedera por la encarnación, tomó ya la cruz. Dios en Cristo, asumiendo nuestra naturaleza humana, está crucificado junto a nosotros. Él es verdaderamente nuestro hermano, semejante en todo excepto en el pecado.

 
 
En los dos bandidos está todo el género humano, con el resto de personajes que aparecen en los relatos de la Pasión, cada uno de nosotros, individualmente, puede ir confrontándose. ¿Quién soy yo?¿Dónde estoy?

¿Soy uno de los apóstoles que han abandonado a Jesús después de mucho tiempo conviviendo con Él por el temor a los poderes de este mundo?¿Soy Pedro renegando del Maestro ante el hostigamiento y la persecución?¿Soy Nicodemo o José de Arimatea que han optado por simpatizar en secreto con el Nazareno, sin asumir ningún compromiso ni reconocerlo públicamente, para no poner en riesgo su alta posición, conservar su fortuna o mantener su influencia social?¿Soy el escéptico Poncio Pilato, que teniendo delante a la Verdad es incapaz de aceptarla y ser libre?¿Soy uno de aquellos saduceos satisfechos, uno de esos fariseos autosuficientes, uno de esos escribas sabelotodo, todos cerrados a la salvación por bastarse y sobrarse ellos solos?¿Soy Judas el Traidor fantaseando con un Mesías y un Dios hechos a medida, a imagen y semejanza de su yo, según sus propias ideas y deseos, decepcionado por el Jesús real?¿Soy uno más entre esa muchedumbre engañada, manipulada y boyuna que sigue las consignas y directrices lanzadas por sus dirigentes políticos o ideológicos?¿Soy ese soldado romano indiferente ante lo que sucede a su alrededor?¿Soy ese paisano que pasaba por allí y se aleja apresuradamente para atender sus importantes y urgentes asuntos?

¿Dónde estoy?¿Estoy con el Cireneo que carga con la cruz y marcha detrás de Cristo?¿Con el buen ladrón que reconociéndose pecador obtiene misericordia?¿Con el centurión que al mirar al Crucificado da testimonio de la Verdad?¿Con el discípulo amado junto a la Madre?¿Con la Iglesia abrazada a la cruz redentora?

Los cristianos creemos que la pasión, muerte y resurrección de Cristo constituyen los momentos culminantes del acontecimiento fundamental de toda la historia: Jesús de Nazaret y su obra. En Él, Dios ha intervenido, nos ha salvado y nos ha devuelto el paraíso perdido, nos ha dado la tierra de promisión que todos anhelamos, la vida nueva, plena y gozosa del Resucitado. Nos toca a nosotros adherirnos a esta divina empresa de “reconquista” y doblar la rodilla ante el legítimo Rey o, por el contrario, oponernos a Él, a su proyecto de restauración, sometiéndonos al tiránico estado de cosas impuesto a la humanidad caída por el usurpador, por el príncipe de este mundo. Tú decides. O te dejas salvar por Otro o no te salvarás a ti mismo.