jueves, 6 de junio de 2013

¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?


No ha existido en la dilatada historia de la humanidad -al menos en la historia de Occidente- una figura tan influyente como la de Jesús de Nazaret. Quien lo niegue no conoce el mundo donde vive. Y eso que aquel galileo itinerante y montaraz no fue, ni de lejos, un invicto caudillo como Alejandro el Grande o Julio César, aunque sus seguidores le dieron el título de “Kyrios” (“Señor”); no gobernó un vasto imperio, ni siquiera una ciudad, aunque entrase a lomos de un pollino en Jerusalén, presentándose como el humilde rey que Israel esperaba; no acabó de una vez por todas con los males del mundo, aunque emanaba de Él una fuerza recreadora capaz de devolver el paraíso a las personas que creían en Él; no fue un sabio de la Hélade como Platón o Aristóteles, aunque las gentes -incluidos sus adversarios- se dirigiesen a él con el tratamiento de “Maestro”; no elaboró una nueva filosofía, sino que -según él mismo decía- se limitó a vocear aquello que escuchó del Padre desde la eternidad; no dejó nada escrito, pero sus palabras y sus actos nunca cayeron en el olvido; no lideró ninguna revolución contra el orden establecido, pero era capaz de cambiar el corazón de los hombres con solo una mirada; no tenía dinero, ni propiedades, pero pudo saciar el hambre de miles de personas y, para siempre, la sed de una insatisfecha mujer de Samaria. No se movió en las altas esferas, ni trató con los poderosos de su tiempo, prefirió la compañía de los pequeños y se sentó a la mesa junto a pecadores y prostitutas.
Sí, se decía de Él, empero, que realizaba obras prodigiosas, milagrosas curaciones y exorcismos y que era portador de un feliz anuncio: la restauración de la soberanía de Dios sobre Israel y sobre el mundo. Su predicación fue pregonar la cercanía del Reino de Dios y la feliz liberación del hombre de las ataduras de Satanás y muchos lo comparaban con los grandes profetas de antaño. Enseñaba con gran autoridad y se atrevía a perdonar los pecados, algo que era motivo de mucho escándalo porque para los judíos sólo Dios podía perdonar los pecados. Para las autoridades era una creciente amenaza, para la mayoría de sabios y doctores de la Ley un falso profeta, un impostor confabulado con Satanás, un servidor del Padre de la Mentira.  Algunos, lo más abiertos de mollera, llegaban a preguntarse en su fuero interno si aquel hombre no sería de hecho el Mesías esperado…
Pero aquella vaga esperanza se desmoronó como castillo de naipes, cual casa sin cimientos sólidos ante el furibundo empuje de las aguas torrenciales. Porque este tal Jesús acabó sus días sobre la tierra colgando inerte de una cruz romana. La cruz: el terrible castigo reservado a los criminales de la peor calaña, a los homicidas, a los traidores, a los culpables de lesa majestad. Sus amigos lo habían abandonado en el último momento. Uno de ellos incluso lo traicionó. Hasta Pedro, el elegido para ser la roca, el sólido fundamento donde debía sustentarse la incipiente comunidad de discípulos, había negado conocerle. Su propio pueblo, encabezado por los sumos sacerdotes y los demás miembros del Senado judío, lo declaró culpable tras un juicio sumarísimo y lo entregó a la autoridad romana para que ejecutara la sentencia. “Crucifícale” fue el grito unánime del  populacho congregado frente al estrado de Pilatos. El  procurador romano se lavó las manos y condenó a Jesús a morir en la cruz ante el temor a una enésima rebelión judía. Jesús fue vejado y golpeado con saña. Separado del resto fue conducido al patíbulo, como un despojo fue desechado, como una bestia salvaje, maltratado, como un gusano, aplastado y destruido. Y allí, ante las murallas de Jerusalén, derramando hasta la última gota de su sangre, apurando el cáliz hasta las heces, expiró. El presunto rey de los judíos había sido eliminado y sus seguidores dispersos. Otro falso Mesías descendía a las profundidades del Seol. Con prisas, el cadáver del galileo fue descolgado de la cruz, envuelto en un lienzo y depositado en un sepulcro nuevo cercano al lugar de la crucifixión.  Era la víspera de la fiesta de la Pascua y en el templo los sacerdotes sacrificaban los corderos…

Todo habría terminado en este punto si la tumba del galileo no hubiese aparecido vacía apenas tres días después de su ejecución. Todo habría terminado aquí si los discípulos del galileo no hubiesen comenzado a proclamar a los cuatro vientos que el crucificado había resucitado. Sin duda, el hallazgo del cuerpo habría finiquitado la cuestión. Si sus seguidores habían profanado la tumba y escondido el cadáver, bastaría con la tortura para que alguno de aquellos cobardes confesara aterrorizado el paradero del cuerpo. Pero esos hombres habían cambiado, cada día más intrépidos, más audaces. Ni rastro del miedo cerval de las aciagas horas del proceso y la ejecución. Poniendo en juego su vida, sin temor a la cólera de Dios y menos aún a la de los hombres, pregonaban en las plazas a judíos y extranjeros que Jesús vivía y no había que buscarlo entre los muertos; que la piedra que habían desechado los arquitectos era ahora la piedra angular; que aquel mismo Jesús a quien los dirigentes del pueblo asesinaron, emulando a los viñadores homicidas de la parábola, había sido, frente a la exclusión y la negación de los hombres, resucitado y ratificado por Dios como el que tenía que venir...

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